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| Esquema del laberinto de agua de Morris |
La
capacidad de aprender y recordar depende no solo de las neuronas, sino también
de las células del sistema inmune
Los avances de la ciencia son tan rápidos y
numerosos que ni estando atento a los mismos uno puede darse cuenta de todos.
Por esta razón, de vez en cuando, uno se topa con conocimientos que, aunque ya viejos
de algunos años, pueden resultarle novedosos, al mismo tiempo que interesantes.
Es el caso de la participación del sistema inmune en el funcionamiento de la
mente, al menos de las mentes de ratones y ratas de laboratorio.
Como probablemente sabemos, los ratones pueden
aprender a orientarse en laberintos de distintos tipos, entre los que se
encuentran los laberintos de agua. Son estos unos recipientes de paredes altas,
semiplenos de un líquido opaco blanco en los que los ratones o ratas son
obligados a nadar hasta encontrar una plataforma oculta sumergida en la que
encaramarse para evitar ahogarse. Tras varias repeticiones de esta tarea, los
animales son capaces de dirigirse inmediatamente nadando a la plataforma oculta
en cuanto son introducidos en el recipiente.
Pues bien, aprendo ahora que la capacidad de
aprender y recordar no solo depende de las neuronas, sino también de las
células del sistema inmune. Ratones entrenados a los que se les ha eliminado los
linfocitos T olvidan la localización de la plataforma y nadan al azar en el
recipiente como si fuera la primera vez que lo hicieran. Recordemos que los
linfocitos T son el pilar fundamental de las defensas llamadas adaptativas (es
decir, las que se adaptan a las características de microrganismos concretos
para erradicarlos de manera más eficaz), en contraposición a las defensas
innatas (que atacan a numerosos microrganismos de manera general).
Estudios posteriores a estos han descubierto
que la necesidad de los linfocitos T para el correcto aprendizaje y recuerdo
depende de la producción por parte de estas células de una molécula particular,
llamada interleucina-4 (IL-4). Las interleucinas, como su nombre sugiere, son
moléculas de comunicación entre las diferentes células del sistema inmune. La
IL-4 es una molécula de comunicación entre los linfocitos T y los linfocitos B,
fundamental en el desarrollo de las alergias. Sin duda, en el sistema nervioso
esta molécula debe de desempeñar otra función no relacionada con la anterior.
De hecho, se cree que esta molécula afecta a los macrófagos localizados en el cerebro
y los calma. Los macrófagos, células grandes “comedoras de bacterias”, si se
activan demasiado, causan inflamación descontrolada que puede dañar al tejido
nervioso. Por ejemplo, tras el entrenamiento en el laberinto de agua, las
células T de las meninges producen más IL-4. Esta molécula serviría de señal a
los macrófagos para no activarse en modo ataque, lo que podría suceder en
respuesta al estrés causado por el aprendizaje. En ausencia de IL-4, la
actividad de los macrófagos y de las sustancias que producen podría dañar al
proceso de aprendizaje
Datos contradictorios
Otros estudios parecen confirmar que ciertas
células del sistema inmune forman parte del sistema nervioso y participan en
las tareas cognitivas que este debe llevar a cabo, además de en el equilibrio
de su fisiología. Es bien conocida la presencia en el sistema nervioso de las
células llamadas microglía, células relacionadas con los macrófagos, las cuales
patrullan incansablemente el sistema nervioso en busca de restos muertos, de
placas, de sinapsis inútiles o de neuronas dañadas para eliminarlas. Aún otras
células inmunes, como los linfocitos T mencionados, los macrófagos y los
mastocitos, se localizan en las meninges, el fluido cerebro espinal y ciertas
estructuras del cerebro.
¿Qué funciones desempeñan estas células
inmunes en el sistema nervioso? Los datos acumulados hasta ahora no permiten
alcanzar conclusiones claras. Algunos experimentos apuntan a que los macrófagos
participan en la reparación de daño y curación de heridas provocadas por
traumatismos. Otros experimentos, sin embargo, apuntan precisamente a lo
contrario, ya que de acuerdo con ellos la eliminación de los macrófagos del
sistema nervioso se asocia a una mejor recuperación de traumatismos de la
médula espinal de ratas y ratones de laboratorio.
La razón de estas contradicciones tal vez
resida en que los macrófagos pueden ejercer diversas funciones. Una de ellas
supone su activación en modo ataque para destruir a potenciales enemigos. Otra
función, en cambio, supone su activación para, paradójicamente, frenar ese
ataque de manera que no se descontrole y nos produzca un excesivo “daño
colateral”, daño que va siempre asociado a la acción del sistema inmune cuando
se enfrenta a enemigos externos.
Además de los macrófagos, las células T
también parecen ejercer un papel importante, ya que como hemos visto, en su
ausencia se generan problemas de aprendizaje y memoria. Existen también varias
clases de linfocitos T, por lo que pudiera suceder que solo una o unas pocas
ejercieran un papel sobre el mantenimiento del sistema nervioso. Entre las más
importantes se encuentran los linfocitos T reguladores que, como su nombre
indica, se encargan de regular la actividad de otros linfocitos T de forma que
esta se confine dentro de niveles aceptables que, de nuevo, minimicen el daño a
nuestros propios tejidos. Algunos estudios indican que la correcta actividad de
los linfocitos T del sistema nervioso protegería del desarrollo de la
enfermedad de Alzheimer.
Finalmente, otras investigaciones muestran que
ciertas moléculas producidas por los linfocitos T afectarían al crecimiento de
las neuronas. Todos estos estudios indican que, sea como sea, no cabe ya duda
de que nuestro sistema nervioso no es independiente de nuestro sistema inmune y
que para aprender, recordar y probablemente razonar correctamente no solo
necesitamos buenas neuronas, sino también buenas defensas.
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