Las
consecuencias de la desconexión social son graves y van más allá de los
sentimientos
Una de las mayores sorpresas que recibí
durante el servicio militar fue el arresto de una piscina. La piscina había
sido declarada culpable del ahogamiento de un soldado, y arrestada por un
periodo, obviamente veraniego, en el que nadie podría bañarse en ella. El
escenario me pareció de un enorme infantilismo militar.
Desconozco si estas prácticas, sin fundamento lógico
alguno, siguen empleándose hoy en el ejército. Sinceramente, espero que no. Sin
embargo, la ciencia ha revelado que muchas personas atribuyen características e
intenciones humanas a objetos con los que conviven. Esta tendencia se denomina
antropomorfismo. ¿Refleja el antropomorfismo alguna patología mental o forma
parte del normal funcionamiento de la mente humana?
Nadie en su sano juicio podrá negar que los
humanos tenemos necesidad de sentirnos socialmente conectados. La intensidad de
esta tendencia ha sido incluso evaluada por la ciencia moderna, la cual ha
revelado la cantidad e intensidad de los esfuerzos que estamos dispuestos a
hacer para mantener un número mínimo de interacciones sociales positivas, así
como nuestra resistencia a que estas desaparezcan. La tristeza que experimentamos
cuando una relación se rompe es un mecanismo psicológico, que ha surgido
durante nuestra evolución como especie social, para ayudarnos a mantener en
buen estado nuestras relaciones sociales.
Y es que las consecuencias de la desconexión
social son graves. Estudios recientes han demostrado fehacientemente que la
soledad y la desconexión social están asociadas a una mala salud y a un
incremento de la mortalidad. De una manera u otra, todos lo sabemos, por lo que
desarrollamos estrategias para evitar sentirnos solos. Algunos establecen una
relación íntima con sus mascotas; otros, en su imaginación, con estrellas del
cine o de la música; y aún otros, tal vez los que se sienten más solos,
atribuyen una vida imaginaria a ciertos seres inanimados de su entorno cotidiano,
como el móvil, el cargador de la batería, o incluso, dramáticamente, el cubo de
la basura.
Un grupo de investigadores en psicología
social de la Universidad de McGill, en Montreal, Canadá, decidió estudiar la
asociación entre la desconexión social y la tendencia hacia el antropomorfismo.
La hipótesis que deseaban probar o refutar era que, si la soledad estimulaba
las tendencias antropomórficas, tal vez que las personas recordaran momentos de
sus vidas en los que no habían estado solas las disminuyera. Esto último nunca
había sido estudiado en psicología social. Por otra parte, los investigadores
incluyeron en sus estudios el efecto de la llamada “ansiedad de apego”. Es esta
una ansiedad que se manifiesta cuando las personas perciben que una relación
personal o social importante está en peligro de romperse. En este estado, las
personas temen ser abandonadas y dedican intensos esfuerzos para mantener la
relación. En esas circunstancias, la atención que dedican a detectar los
síntomas que revelan si sus esfuerzos la mejoran o no se encuentra muy
incrementada. Sin embargo, si se percibe que la relación es irrecuperable, este
estado de ansiedad se intercambia por otro en el que no solo no se realizan
esfuerzos para mantener la relación, sino que se evita ya cualquier
aproximación con la otra persona, al estimarse que es imposible recuperarla.
La humanidad de las cosas
Los investigadores realizan un estudio por
ordenador con 340 participantes, de los que finalmente solo lo completan 178;
no obstante, una cifra elevada. Para evitar sesgos en el comportamiento de los
participantes, estos fueron inicialmente engañados sobre el propósito del estudio
y se les dijo que su objetivo era analizar la relación entre personalidad,
memoria, inteligencia social y percepción visual. De esta manera, se pretendió
distanciar a los participantes de sus creencias sobre el tema de estudio real,
creencias que podrían influir bien en las respuestas a los cuestionarios
estandarizados a los que se les iba a someter, bien en su comportamiento ante
ciertas tareas que se les iba a solicitar realizar.
Antes de que los participantes comenzaran a
responder los cuestionarios, que en realidad pretendían estimar el grado en que
las personas muestran tendencias antropomórficas, estos fueron evaluados
mediante cuestionarios previos que determinaron el grado de conexión social de
cada uno. Tras esta evaluación, los participantes fueron inducidos a evocar
bien una relación íntima, relación en la que se sentían muy apoyados por la
otra persona, bien una relación más distante. La idea era averiguar si evocar
uno u otro tipo de relación afectaba a la tendencia hacia el antropomorfismo,
al afectar a la sensación de estar más o menos conectados socialmente.
Los científicos realizan una serie de
interesantes procedimientos de control de calidad del estudio para asegurarse
de que los participantes realizan las tareas con seriedad, ya que de otra
manera los resultados no serían de confianza. Aquellos participantes que no
superaron estos controles de calidad fueron excluidos.
Los resultados de este estudio demostraron que
el sentimiento de soledad aumenta la tendencia hacia el antropomorfismo, pero
que recordar una relación humana cercana, lo disminuye. Por otra parte, la
ansiedad de apego se vio estrechamente asociada con la tendencia hacia el
antropomorfismo: las personas con este rasgo de personalidad fueron las que
mostraron mayor tendencia a atribuir cualidades humanas a objetos inanimados.
Estos estudios confirman con contundencia que
nuestra mente no está construida para sentirse sola. Necesitamos desesperadamente
a los demás. Si estos nos abandonan, la mente se inventa nuevos amigos, aunque
sean solo objetos inanimados. Al menos, estos nunca nos abandonarán.
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