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martes, 5 de junio de 2001

Vacunas contra el cáncer


Imaginemos que cuando vamos al médico para que nos explique el resultado de nuestros análisis, la doctora, con una sonrisa de alivio, nos informa de que hemos tenido mucha suerte. Sólo sufrimos un cáncer de riñón con metástasis generalizadas por todo el cuerpo. Una enfermedad sin importancia de la que nos repondremos en unas pocas semanas tras ser vacunados según un procedimiento inmunoterapéutico personalizado.
¿Medicina-ficción? ¿Será posible que podamos curarnos en unas semanas de una enfermedad que mataría a cualquiera precisamente en ese tiempo? Un par de nuevos tratamientos capaces de poner en funcionamiento nuestro sistema inmune para atacar con violencia a las células cancerosas así parece indicarlo. De hecho, estos tratamientos, aún en fase experimental, han curado completamente a pacientes de cáncer desahuciados por la medicina. La ficción del principio ya se ha convertido en realidad para unos pocos afortunados.
Nuestro sistema inmune está formado por células especializadas y funciona bajo un principio simple: reconocimiento y lucha contra todo lo que es ajeno a nuestro organismo, virus, bacterias, un transplante, y también nuestras propias células cuando se convierten en cancerosas.
Un sistema inmune sano es importante para que el cáncer no se desarrolle. Los enfermos de SIDA, cuyo sistema inmune va deteriorándose poco a poco debido al virus que infecta, se reproduce y acaba matando a las llamadas células T CD4, células fundamentales para el buen funcionamiento del sistema inmune, desarrollan tumores, en particular el sarcoma de Kaposi.
Sin embargo, no todos los cánceres pueden ser eliminados por el sistema inmune. De hecho, posiblemente la mayoría escapan a nuestra inmunidad natural y acaban por crecer sin nada que los controle. Desde hace ya décadas, con mayor o menor éxito, se ha intentado manipular el sistema inmune para reforzarlo en la lucha contra en cáncer. La mayoría de estos tratamientos se basa en estimular por diversos métodos a las células inmunes con sustancias que funcionan como hormonas activadoras específicas para ellas, las denominadas citocinas. Estos tratamientos pretenden estimular y hacer crecer a las células inmunes ejecutoras, es decir, a aquellas capaces de matar a otras células, como las células T CD8, o como las células B, que producen anticuerpos, capaces de servir para señalar a las células que deben ser eliminadas.
Pero no todo el sistema inmune se basa en el funcionamiento de esas células. Desde 1973, se conoce que unas células especiales, denominadas células dendríticas, por su similitud de forma con las células neuronales, son fundamentales. Estas células se “comen” a las sustancias extrañas, incluidas las células cancerosas o a fragmentos de ellas y, tras reducir sus componentes a trocitos más pequeños, se los enseñan en su superficie a las células “soldado” del sistema inmune. Es entonces cuando éstas, al ver esos trocitos extraños a nuestro cuerpo en la superficie de las células dendríticas, reciben también la orden de buscar y destruir a todo aquello que posea una estructura idéntica a la que han “visto”. En otras palabras, las células dendríticas indican cuál es el enemigo a las células que deben destruirlo, y al mismo tiempo, les suministran los pertrechos necesarios para su destrucción. Sin células dendríticas que funcionen correctamente el sistema inmune carece de “ojos” para reconocer al enemigo, y por consiguiente, no funciona.
Las células dendríticas no han resultado fáciles de dominar. Su cultivo en el laboratorio se ha conseguido muy recientemente, en 1994, por lo que todavía poseen muchos misterios por descubrir y no se les puede manipular con facilidad. Es claro, sin embargo, que al igual que nuestros ojos no pueden ver todos los tipos de luz, como por ejemplo, no pueden ver la luz infrarroja, las células dendríticas pueden permanecer “ciegas” ante ciertos enemigos, que se camuflan adecuadamente, en cuyo caso no podrán ser destruidos. Si se les pudiera ayudar a verlos, podrían entonces presentarlo a sus soldados para que los destruyeran.
Este principio es la base de nuevas inmunoterapias anticancerosas que consiguen precisamente eso, que las células dendríticas vean lo que antes, por diversas razones, no podían e indiquen a las demás células inmunes cuál es el enemigo. Una de esas estrategias extrae de la médula ósea células dendríticas inmaduras de un paciente de cáncer y las cultiva en un frasco con un cóctel de “hormonas” para su crecimiento. Tras esta etapa, se mezclan estas células con células de cáncer del propio paciente y se somete la mezcla a un pulso eléctrico. Este pulso consigue que algunas células dendríticas se fusionen, se unan, con las células cancerosas. Es decir, de dos células diferentes, conseguimos ahora una, mezcla de las dos, que funciona cómo una célula dendrítica y muestra a su vez en su superficie todo lo que es propio de la célula cancerosa. Esta célula es entonces reinyectada al paciente y mostrará a las células del sistema inmune de éste todo lo que identifica al enemigo, en este caso su propio cáncer. El sistema inmune del paciente se activará y atacará a las células cancerosas allí donde se encuentren. Esta estrategia ha sido usada con unos pocos pacientes de cáncer metastático de riñón y la mitad de ellos han podido ser curados completamente. No está nada mal para empezar.
Otra estrategia anticancerosa consiste en sintetizar en el laboratorio aquellas moléculas que identifican a las células cancerosas pero que éstas logran camuflar de forma que las células dendríticas no puedan detectarlas. Ahora, sintetizadas en estado puro, las moléculas son presentadas a las células dendríticas que pueden verlas a la perfección. De nuevo, estas células pueden ahora señalar al enemigo al resto del sistema inmune del paciente.
Estas nuevas estrategias terapéuticas, combinadas con las que ya existen, abren un nuevo rayo de esperanza a la curación de la enfermedad que más muertes causa en el mundo desarrollado. Si el mundo no ceja en los esfuerzos de investigación científica necesarios para cualquier avance, es posible que si no nosotros, nuestros hijos sí vean desaparecer el cáncer de la faz del planeta. Si tenemos que morir, ojalá podamos hacerlo de una manera más rápida y menos cruel que la que esa enfermedad supone.

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