Si
hay algo con lo que tenemos que tratar cada día
durante nuestra vida es con la mentira. La capacidad de mentir podría ser
innata en nuestra especie. Niños de muy temprana edad aprenden por sí mismos a
engañar a sus padres y, si lo consiguen, disfrutan enormemente con ello.
Estudios psicológicos indican que los mejores mentirosos parecen poseer cierta
ventaja para convertirse en líderes y políticos. No hay duda: la mentira nos
rodea, y forma parte de nuestro entramado social. Puede ser incluso necesaria
para que la sociedad funcione adecuadamente.
La capacidad para mentir podría poseer
una base genética. Al fin y al cabo, no solo el ser humano es capaz de mentir.
Los animales también lo hacen. Desde que el primer mamífero “aprendió” a erizar
sus pelos para parecer mayor frente a un enemigo, o el macho “aprendió” a
encandilar a la hembra con sus bonitas plumas, colores, u otras artimañas, la
mentira adquirió un valor de supervivencia y, por consiguiente, los mejores
mentirosos fueron seleccionados durante la evolución de las especies.
Como todo avance evolutivo, la mentira
sufrió también un proceso de contraataque durante la evolución. Este proceso se
evidencia fácilmente en la relación predador-presa. El predador atrapa a las
presas menos rápidas, por lo que ejerce una selección sobre las más rápidas,
que sobrevivirán. De no evolucionar a su vez, pronto el predador correrá menos
que sus presas y morirá de hambre. Por tanto, los predadores más rápidos cazan
mejor y sobreviven y se reproducen en mayor número que los más lentos. En todo
proceso evolutivo sucede, pues, un proceso similar a la carrera de armamentos.
En el caso de la mentira, los animales más capaces de descubrir que les estaban
mintiendo eran también los que mejor podrían sobrevivir a los abusos de los
mentirosos. A pocos nos quedan dudas de que si en nuestra vida social
pudiéramos siempre descubrir cuándo nos están mintiendo o diciendo la verdad
tendríamos una considerable ventaja frente a los demás. “¿Me quieres cariño?
Como nunca he querido a nadie, amor mío (Miente. Quería más a su primer y
quinto novios –piensa el duodécimo novio. ¿Debo seguir con ella o no?).
El novelista estadounidense James L.
Halperin, en su obra “The Truth Machine”
(La Máquina de la Verdad, la cual no sé si está traducida al español) describe
un mundo futuro en el que se ha inventado una máquina capaz de detectar las
mentiras con una fiabilidad absoluta. Este avance tecnológico modifica la
sociedad de forma radical. Para empezar, conduce al paro a todos los abogados,
jueces y demás profesionales de la justicia, necesarios solo cuando la mentira
es posible. La criminalidad disminuye de forma radical, los políticos deben ser
gente honesta, en fin, el mundo se pone cabeza abajo.
¿Es posible semejante máquina? Mucho me
temo que la respuesta a esta pregunta es afirmativa. Si muchos están
horrorizados por el poder de la genómica y los cambios sociales y problemas
éticos que plantea, los problemas que la tecnología del escrutinio mental, todavía
en pañales, planteará serán aun mayores. Y es que la Humanidad dispone ya de
tecnología capaz de leer el pensamiento, aunque por el momento no sea más que
de forma rudimentaria.
Más o menos, todos estamos familiarizados
con las máquinas y el suero de la verdad. Las hemos visto en películas de
espías. El famoso polígrafo, la primera máquina de la verdad, que registra una
serie de parámetros fisiológicos, como la presión sanguínea, sudoración,
respiración, etc. que pueden modificarse cuando un individuo miente, tiene ya
más de 80 años. Les juro que no miento. Esta máquina, y sucesivos
perfeccionamientos de la misma, es aún utilizada por la policía y por agencias
gubernamentales, como CIA o FBI, que deben contratar a individuos “fiables”.
Sin embargo, se puede engañar a esta máquina y a quien la maneja con una
frecuencia relativamente elevada.
Han aparecido nuevas tecnologías para
detectar la mentira. Algunas de ellas están basadas en el análisis del lenguaje
corporal, que puede traicionar al mentiroso o en el análisis de la voz. Se ha
descubierto que al mentir, el aumento de estrés produce unas vibraciones de las
cuerdas vocales inaudibles para el ser humano, pero que pueden ser fácilmente
detectadas por una máquina. La presencia de estas vibraciones es indicativa de
que el individuo posiblemente miente.
Basado en este hecho fisiológico, un
programa de ordenador, Truster, que
cualquiera puede comprar por el módico precio de unas 35.000 pesetas, realiza
un sofisticado análisis de la frecuencia vocal del sujeto y decide si miente o
no. Este programa fue utilizado para analizar el último debate presidencial
entre George W. Bush y Al Gore. El programa detectó 23 posibles mentiras por
parte de Gore y 57 por parte de Bush. Ya sabemos quién ganó. Este programa, sin
embargo, dista mucho de ser infalible. El presidente saliente, Bill Clinton,
logró engañarle cuando declaró que no había tenido relaciones sexuales con
Monica Lewinsky.
Todas estas tecnologías quedarán
obsoletas rápidamente frente a lo que se avecina. El avance en el campo de las
ciencias cognitivas, cuyo propósito ha sido puramente científico y médico, ha
puesto, sin embargo, a disposición de los interesados máquinas muy sofisticadas
que permiten observar el cerebro en funcionamiento. De una de esas máquinas ya
hablé hace unos meses en esta sección en mi artículo titulado “de ruidos en la
mente a la imagen del recuerdo”. Por lo que sé, existen cuatro tecnologías
diferentes capaces de hurgar en nuestro cerebro sin tocarlo. Descubrimientos
recientes sobre las zonas cerebrales que se ponen en funcionamiento al
experimentar emociones, como alegría, ira, o incluso amor u odio, permiten un
estudio mucho más profundo de las emociones que experimenta el cerebro del
posible mentiroso. Si la tecnología sigue avanzando de la manera en que lo
hace, es posible que las predicciones del señor Halperin sean sobrepasadas y
dentro de solo unas décadas, una compañía comercialice una máquina de la
verdad, de bolsillo y a pilas, con la que, sin siquiera tocar a nuestro
interlocutor, podamos analizar en tiempo real si nos está mintiendo o no. Adiós
a los debates electorales para siempre. Sin duda, el mundo no será el mismo.
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