Estoy
casi seguro de que muy pocos lectores de mis
artículos –si hay alguno– se han preguntado por qué vemos los colores de la
manera en que los vemos, oímos los sonidos de la manera en que los oímos y
sentimos el tacto de la piel de nuestro gato de la manera en que la sentimos.
¿Por qué no vemos al tocar, oímos al ver, o sentimos al oír?
¿Se me habrán cruzado los cables?, se preguntará
usted. Desgraciadamente para algunos, aún no. Al menos, aún no del todo. Y es
que de lo que quiero hablarle hoy es de una curiosa condición que sufren
algunos miembros de nuestra especie. Esta condición, que no enfermedad, recibe
el nombre de sinestesia y consiste, precisamente, en una mezcla de los
sentidos, o mejor dicho, de las sensaciones que resultan de los impulsos
nerviosos que por ellos nos llegan al cerebro. Estos sujetos pueden ver el
color de un sonido, o sentir el tacto de la música. A ellos sí parecen
habérseles cruzado los cables.
Cuando venimos al mundo, nuestro cerebro
está ya predeterminado a percibirlo de una determinada manera. Nadie enseña a
un niño a percibir los colores, o los sonidos, por ejemplo, sino a nombrarlos.
La cualidad de las sensaciones que experimentamos está determinada desde el
nacimiento, quizás incluso mucho antes, y posiblemente por los genes. Los
colores, la luz, el tacto, los sonidos, nos producen sensaciones bien definidas
a la mayoría de nosotros, y una persona normal pensaría de otra que está loca
si confundiera el color rojo con la nota musical La, por poner un ejemplo algo
burdo.
Pero ¿por qué los colores, los olores,
los sabores tienen la cualidad sensorial que poseen? ¿Podríamos quizá haber
sido “creados” de otra forma y percibir los colores como percibimos los
sonidos, y viceversa? No sé si se conoce la respuesta a esta pregunta. Confieso
que una de mis manías es plantearme preguntas para las que no tengo respuesta,
al menos no una respuesta firme. Sin embargo, eso no quiere decir que no haya
elaborado una hipótesis razonable para explicarla, y, como casi todo en Biología,
la hipótesis se nutre de la evolución de las especies.
El sistema nervioso fue un gran “invento”
de la evolución que permitió a los animales interaccionar con el entorno y
responder rápidamente ante las variables a las que éste le enfrentaba. El
entorno, sin embargo, es una fuente inagotable de información, que puede anegar
e inutilizar a cualquier sistema nervioso que no la filtre y la procese de una
manera eficaz. Y en términos evolutivos la eficacia se mide en valor de
supervivencia. Aquellos animales que fueran capaces de procesar y clasificar de
una manera más ventajosa para sus genes la información o, dicho de otra forma,
aquellos genes que capacitaran al sistema nervioso de los animales a procesar y
clasificar la información del entorno de una manera que mejorara su
supervivencia serían seleccionados.
De esta manera, se fueron desarrollando
sistemas de percepción de las señales del entorno: los sentidos. Cada sentido
se desarrolló para procesar un tipo de información que el entorno enviaba al
animal. Información física, como la lumínica, la sonora o la térmica, y
química: ¿es esto comestible, es venenoso? La manera en que se desarrolló cada
sentido tuvo que ser relevante para la supervivencia en un nicho ecológico,
terrestre o marino, determinado y tuvo que ser la manera más eficaz posible
para procesar el tipo de información de que se tratara. Y, por supuesto, cada
individuo, nada más nacer, es decir, nada más enfrentarse al entorno por
primera vez, debía ser ya capaz de comenzar a procesar la información que este
le enviara lo más eficazmente posible, aunque el aprendizaje y la experiencia
posteriores fueran mejorando más tarde la eficacia de este procesamiento
informativo.
Así, el sistema nervioso fue
desarrollando subsistemas para procesar los distintos tipos de información
procedentes del entorno. Aunque no puedo afirmarlo tajantemente, mantengo la
hipótesis razonable de que la forma en que hoy percibimos el mundo, la cualidad
de las sensaciones que experimentamos, se ha ido perfilando durante miles de
millones de años de evolución y ha acabado siendo la que es porque es la más
eficaz para nuestra supervivencia. Es decir, el color rojo, o el azul, lo
percibimos como tal porque es la manera seleccionada durante la evolución y que
ha permitido a nuestros ancestros sobrevivir mejor. Esta selección se refleja
en una estructura determinada, en la manera particular de conectarse y comunicarse
entre sí de las neuronas componentes de la parte del sistema nervioso encargado
de procesar la información lumínica. Es la forma en que las neuronas se
interconectan y se comunican entre sí la que se encuentra en relación directa
con la cualidad de las sensaciones. Esta particular organización neuronal,
propia y diferente para los sistemas que procesan información de diferentes
sentidos, está determinada en gran medida por los genes.
Como el lector avisado habrá podido ya
deducir, si hay algo que dependa de los genes, tendremos problemas genéticos
que impidan el correcto funcionamiento del sistema biológico bajo su control.
Esto es lo que se cree que sucede en el caso de la sinestesia. En los
individuos sinestetas, la organización de los subsistemas que procesan
información de los diferentes sentidos es tal que estos sistemas no son
independientes unos de otros. Esto causa que la información recibida por el
sistema visual sea a veces reconocida como información sonora, o viceversa. Los
genes responsables de este fenómeno y, por ende, de organizar bien el sistema
nervioso para recibir correctamente las sensaciones no se conocen, aunque por
los estudios realizados hasta el momento, se cree que algunos deben estar
localizados en el cromosoma X.
En cualquier caso, parece que nuestro
cerebro de alguna manera ha aprendido a codificar la parte de la realidad que
nos rodea y que ha sido más importante para nuestra supervivencia. Sabemos poco
de ese código, pero no me cabe duda de que no acabará este siglo sin que
sepamos mucho, mucho más, aunque seguramente sea poco lo que la Humanidad
aprenda por la contribución de la ciencia española.
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