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martes, 22 de mayo de 2001

Fumando espero la muerte que acelero


“Oiga - le dije a mi jefe en el spanglish que hablaba cuando acababa de llegar a los Estados Unidos - ¿se ha dado usted cuenta de que estas células son capaces de crecer con mínimos nutrientes, sin factor de crecimiento alguno?” Como siempre, mi jefe no se había dado cuenta. Era la primera vez, en su laboratorio, que alguien había intentado hacer crecer células en un medio líquido sin factores de crecimiento. Se trataba de células de cáncer de pulmón. Crecían en un frasco, sin control, a una velocidad impresionante.
Dejé de fumar a los pocos días de esa experiencia, una de las pocas de la investigación científica activa que ha sido beneficiosa para mi vida. Me imaginé lo poco que duraría vivo si esas células estuvieran en mis pulmones recibiendo, no los mínimos, sino todos los nutrientes que transporta la sangre. Ese pensamiento fue suficiente y desde entonces no he vuelto a fumar.
El día 31 de mayo es el día internacional sin tabaco. Ya no hay duda de que el humo de “segunda mano” es muy perjudicial para los no fumadores que deben soportarlo, y de ahí esta iniciativa de la Organización Mundial de la Salud. Esperemos, sin embargo, que ese día no dure mucho en los calendarios del mundo. Ojalá no sea necesario un día sin tabaco porque todos los días lo sean.
Pero estamos muy lejos de ese día, y es posible que el fin del mundo sorprenda a algunos encendiendo el que será, sin duda, su último cigarrillo. Se calcula que existen mil cien millones de fumadores en el planeta, de los que un tercio son menores de quince años. Se estima que el tabaco mata a unos cuatro millones de personas al año, es decir, a una cada ocho segundos. En el tiempo que ha tardado usted en leer hasta aquí, dependiendo de su velocidad de lectura, han muerto entre seis y diez personas fumadoras. En el siglo XX murieron unos cien millones de personas por el tabaco, tantas como las víctimas de todas las guerras de ese siglo reunidas.
Pero lo peor está por llegar. Si siguen así las cosas, según un informe elaborado por el Instituto de Estudios para el Desarrollo de Sussex, Inglaterra, dentro de veinte años el tabaco matará a más de diez millones de personas al año, es decir, una cada tres segundos. Comparen estas cifras con las de las encefalopatías espongiformes y otros aceites de colza, sin por ello querer quitar gravedad a estos asuntos.
¿Por qué una sustancia tan dañina es consumida con tanta pasión por muchas personas que aunque intentan escapar de sus garras no pueden? La respuesta a esta pregunta, en mi opinión, no es totalmente conocida. Es sabido que el tabaco crea dependencia, sobre todo por su contenido en nicotina, sustancia a la que se le culpa de todos los males. Pero la complejidad de las sustancias contenidas en el humo del tabaco hace difícil saber a ciencia cierta si la nicotina es la única responsable de la dependencia que crea el tabaco. Por ejemplo. se sabe también que, además de la nicotina, el humo del tabaco posee substancias que funcionan como drogas que incrementan nuestra sensación de bienestar al aumentar el contenido del neurotransmisor serotonina en el cerebro. Por supuesto, las compañías farmacéuticas que venden parches o píldoras de nicotina no quieren ni oír hablar de que otras substancias del tabaco pueden también causar dependencia y que, aunque eficaces en cierta medida, los parches de nicotina pueden no serlo tanto como su publicidad promete.
Además de los factores puramente físicos, o mejor dicho, químicos, existen igualmente factores psicológicos que participan en la dependencia. Muchos fumadores confiesan que fuman por la necesidad de tener algo entre las manos. No parece, sin embargo, que muchos, al menos en este país, lean un libro, o incluso un periódico, por la misma necesidad. Este es, quizá, un misterio aún no resuelto de la psicología.
En todo caso, la lucha contra el tabaco por parte de gobiernos y autoridades sanitarias ha estado llena de contradicciones, ya que mientras por un lado se realizan campañas para frenar el aumento del tabaquismo, por otro se conceden ayudas a la producción de tabaco. Esta situación, por fortuna, parece que va a cambiar en Europa, ya que Bruselas pretende eliminar las ayudas a la producción del tabaco. Por otra parte, parece que las cajetillas de tabaco deberán llevar advertencias severas sobre los daños que fumar causa, aunque muchos son escépticos de que esas advertencias tengan efecto alguno.
En la guerra antitabaco, no se duda tampoco de llamar a la biotecnología en nuestra ayuda. Así, en los Estados Unidos, la compañía Vector Group ha sido autorizada para comercializar un cigarrillo sin nicotina. ¿La manera de conseguirlo?: inutilizando uno de los genes responsables de la síntesis de esa sustancia de una planta de tabaco, variedad Burley.
Lamentablemente, los expertos son escépticos sobre el éxito que esta comercialización puede tener en la lucha contra el tabaco. En primer lugar, los tabacos más apreciados provienen de la mezcla de más de treinta variedades diferentes de tabaco, y no de una sola, como será el caso de este cigarrillo, lo que lo hará poco apetecible. En segundo lugar, este cigarrillo no va a convertir en no dependientes a los fumadores que ya lo son, por las razones más arriba explicadas. Por si fuera poco, el cigarrillo será tan carcinogénico como el que contiene nicotina, puesto que no es este alcaloide el causante de los cánceres de pulmón vejiga, etc., sino los alquitranes y otras substancias del humo que, aunque no crean dependencia, son las más tóxicas.
De todas formas, el cigarrillo sin nicotina puede ser muy ventajoso para quienes comienzan a fumar, sobre todo para los adolescentes. Si es cierto que la nicotina es la mayor responsable de la dependencia que causa el tabaco, esos jóvenes, una vez superada “la edad del pavo” y asentada la cabeza, podrán, quizá, dejar de fumar más fácilmente. Esperemos que eso sea posible, ya que, como hemos dicho al principio, un tercio de los fumadores son menores de quince años. ¿Ha sufrido la humanidad una tragedia mayor?

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