Los parásitos que más nos han preocupado son aquellos que causan enfermedades o que toman nuestro cuerpo como morada, siquiera pasajera. Aún recuerdo el horror que, de pequeño, me produjo el descubrimiento de los parásitos en una clase de ciencias naturales de primaria. Como era un niño muy delgado, enseguida supuse que tenía una, o quizás dos, solitarias habitando en mi intestino. Por otra parte, comerse un bocadillo de jamón se convirtió en una experiencia angustiosa. Quizás pudiera comerme también, sin darme cuenta, el parásito de la triquinosis, que me causaría esa terrible enfermedad llenándome el cuerpo de quistes rellenos de larvas del parásito. Ante la desesperación de mi madre, cada filete de jamón era explorado minuciosamente, por las dos caras, en busca de algo extraño que detectara la presencia del parásito que el veterinario no habría llegado a descubrir.
Hoy, gracias al imparable avance de las ciencias, que siguen adelantando que es una barbaridad y seguirán haciéndolo por mucho tiempo, conocemos parásitos mucho más interesantes que estos de los que acabo de hablar. Son parásitos que no sólo se aprovechan del cuerpo de sus víctimas, sino que, podríamos decir, manipulan también a sus mentes. No sé a usted, pero a mí el hecho de que existan parásitos con esas características me produce un profundo pánico. ¿Cómo podríamos saber si estamos infectados por un parásito que nos haga creer que no estamos infectados? Dejemos el análisis de estos negros, aunque interesantes, pensamientos para más tarde y veamos algunos ejemplos de parásitos manipuladores.
Maquinaciones infernales
Los parásitos manipuladores son parásitos que durante su ciclo vital, generalmente muy complejo, “viajan” por varias especies pero necesitan regresar a su especie favorita para su reproducción. Entre estos, tenemos uno que induce a las hormigas nada menos que al suicidio. La duela del hígado de la oveja habita los canales biliares de este animal. Se expande por el campo mediante sus heces y sus larvas habitan primero dentro de un caracol, en el cual se desarrollan. Tras esta etapa gasterópoda, las larvas invaden a las hormigas, a las que vuelven locas. Sí, como lo lee. Si la hormiga no tiene cerebro para realizar una simple suma, sí lo tiene para volverse loca. Invadidos por el parásito, estos simpáticos animalillos sociales tan trabajadores, en lugar de quedarse próximos al suelo, son atraídos por la luz del sol y suben a lo más alto de las hierbas, donde las ovejas se los comen. De esta manera la larva regresa a su huésped favorito y la historia se repite.
Desgraciadamente, los mamíferos no estamos exentos de manipulaciones similares. El protozoo Toxoplasma gondii, causante de la toxoplasmosis, una enfermedad generalmente sin síntomas, habita habitualmente en el intestino de los gatos. Sin embargo, puede también habitar en los roedores. Cuando esto sucede, estos simpáticos animalillos (siempre que habiten en la casa del vecino) también se vuelven locos y pierden su natural miedo y cautela. Se convierten en roedores temerarios que sin buscarle los tres pies al gato acaban fácilmente bajo sus garras. Los felinos, mientras disfrutan comiendo una presa fácil, invitan de nuevo al parásito a habitar en su intestino.
La especie humana es frecuentemente parasitada también por el mismo protozoo. Aunque no se ha obtenido evidencia de que las personas infectadas acaben adorando a los gatos, como me sucede a mí y a mi familia, sí es verdad que el parásito parece causar modificaciones de la personalidad, según indican los resultados de algunos estudios. Quizás esto pueda explicar el extraño comportamiento de la mayoría de los franceses, que, por cierto, me caen tan simpáticos como los gatos, ya que cuatro de cada cinco están infectados por este parásito. Por otra parte, quizás no, porque como es bien sabido, cada perro, no cada gato, tiene su francés.
Por desgracia, no es conocido todavía cómo estos y otros parásitos se las ingenian para modificar el comportamiento de sus huéspedes para que éste les sea ventajoso. Posiblemente, produzcan sustancias que actúen como drogas o que modifiquen ciertos neurotransmisores o determinados sistemas neuronales de los huéspedes, pero todo esto no son hoy sino hipótesis.
En cualquier caso, la existencia de esos parásitos manipuladores me ha inducido provocativas reflexiones sobre la naturaleza humana, que quizás algunos antes que yo hayan tenido aunque no tengo noticia de ello. Me gustaría dejarlas brevemente plasmadas aquí para que el lector saque sus propias conclusiones.
Recuerdo las palabras de mi abuelo cuando, también en mi infancia, intentaba explicarme las inexplicables imágenes de la guerra del Vietnam o de la que fuese, que, en blanco y negro, menos mal, aparecían en la televisión. “El hombre es un lobo para el hombre”, me decía, como si esas palabras bastaran para acallar mi ¿por qué, abuelo?
Hoy, no me queda ninguna duda de que mi abuelo tenía razón, pero la frase que él tanto me repitió me inspira ahora otra: “el hombre es un parásito para el hombre”. Esto no está científicamente probado, por supuesto, pero el hombre dispone de una herramienta poderosísima para modificar el comportamiento de sus congéneres y obtener ventaja. Esa herramienta no es otra que la que ahora mismo estamos utilizando: el lenguaje. Me gustaría aquí inducir la reflexión sobre si, además de comunicar, el lenguaje no es usado para parasitar la mente de otros y obtener algún beneficio, e incluso si no es ésta su principal función. Creo que quedan pocas dudas sobre que el lenguaje se usa para comunicar e informar y también para manipular. ¿Qué interés tendríamos en hablar con alguien a quien nuestras palabras no produjeran efecto alguno? Finalmente, me gustaría señalar que no se me ocurre otra cosa que la función parasitaria del lenguaje para explicar el fanatismo de aquellos capaces de matar, o hasta de suicidarse para matar, a quienes no comparten sus locas ideas, casi siempre implantadas en sus cerebros por otros. Ideas que intentan reproducirse como verdaderos parásitos.
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