La opinión pública, ecologistas y consumidores en general no parecen tener una buena opinión sobre los alimentos transgénicos. Sin embargo, me da la impresión de que si preguntáramos al ciudadano medio cuáles son las razones por las que cree que los alimentos transgénicos son perniciosos no sabría qué responder. No quiero con esto decir sino que en este tema, como en otros, no parece que haya habido una adecuada información, comprensible para todos.
Estamos ya familiarizados con algunas plantas transgénicas que han aparecido en el mercado. Soja resistente a los pesticidas, y tomates que maduran más lentamente que los normales son algunos ejemplos de esos alimentos. No parece que, a diferencia de la enfermedad de las vacas locas, la cual, no nos confundamos, no ha sido causada por manipulación genética, en este caso se haya producido problema alguno por su consumo.
Pero ¿qué son los alimentos transgénicos? Para comprenderlos bien hay primero que comprender qué es un gen, y después qué es un transgén. Ya hemos hablado en estas columnas muy a menudo de los genes, pero, a efectos de su funcionamiento, podríamos sólo repetir aquí que un gen es una molécula que contiene la información necesaria para la fabricación por la célula de una proteína, que no es otra cosa que un dispositivo que funciona con un fin determinado. Por ejemplo, un gen puede fabricar una proteína, un dispositivo, implicado en la extracción de energía a partir de la oxidación de la glucosa.
Todos los organismos poseen un conjunto de genes, un genoma, que han adquirido a lo largo de su evolución como especies. Pues bien, un organismo transgénico sería aquel al que, por medios artificiales, se le incluye un gen que no pertenece a su genoma, o a aquel al que se hace que un gen de su genoma funcione de una manera diferente de la normal, más intensamente, por ejemplo. Esto produce el resultado de que el organismo dispone ahora de un dispositivo nuevo o mejorado para hacer frente o aprovechar mejor ciertas condiciones del ambiente. Así, la soja resistente a los herbicidas dispone de un nuevo mecanismo para resistir a un veneno que otras plantas que pueden infectar su cultivo no poseen, y por tanto mueren al ser tratadas con él.
Hasta aquí el asunto parece bastante claro. ¿Qué peligro tiene entonces comerse un organismo transgénico? En mi opinión, ninguno, a menos que el transgén introducido lo haya sido con la mala intención de convertir en venenoso un alimento que antes no lo era, lo cual no es claramente el caso, o produzca inadvertidamente una toxina, lo cual será siempre debidamente controlado. Un gen, transgén o no, no es más que una molécula, idéntica en su naturaleza química a las que no tenemos más remedio que comer todos los días, seamos carnívoros, vegetarianos u omnívoros, puesto que, como es bien sabido, la vida se alimenta de otra vida, y esa vida contiene genes en cada célula que entra en nuestro estómago.
Sin embargo, los organismos transgénicos no están exentos de problemas, aunque no están relacionados directamente con la alimentación, sino con el medio ambiente. Si se fabricaran organismos transgénicos muy mejorados respecto de sus especies originales, podría suceder que éstas pudieran perder la competición biológica con sus descendientes artificialmente modificados. Esto podría causar algún que otro problema ecológico más o menos grave, de no ser lo suficientemente cuidadosos. Quizás sea por esa razón por la que compañías americanas productoras de plantas transgénicas las cultiven experimentalmente primero en Puerto Rico, una isla bajo dominio norteamericano, que proporciona cierto confinamiento a la expansión de los transgenes, de suceder ésta. Es, para las plantas, algo así como la isla reservada a los dinosaurios de la película Parque Jurásico. Pero estamos lejos de que algo como lo que nos cuenta esa película suceda en la realidad. No exageremos como lo hace siempre Hollywood.
Pero si hasta la fecha no habríamos dispuesto más que de plantas transgénicas, eso puede cambiar pronto. La Food and Drug Administration (FDA, Agencia de Alimentos y Fármacos) Norteamericana se encuentra ya revisando la solicitud de puesta en el mercado de un salmón transgénico que crece de cuatro a seis veces más rápido de lo normal. La historia de la producción de este animal es curiosa, porque los investigadores, inicialmente, no pretendían conseguir un salmón gigante. Los científicos pretendían incluir en el genoma del salmón un gen que lo hiciera más resistente al frío, de tal manera que pudiera vivir en una mayor extensión de las gélidas aguas del Atlántico norte para así aumentar su población.
Sin embargo, los investigadores se encontraron con la sorpresa de que la inclusión de este gen causaba la sobreproducción de la hormona del crecimiento del propio salmón, y esto en muchos de sus órganos y durante todo el año, no sólo, como es lo normal, durante la primavera. Esto causaba un crecimiento desaforado de estos animales, que alcanzan la talla adecuada para su puesta en el mercado (de 3,5 a 4 kg.) en tan sólo dieciséis meses, en lugar de los treinta y seis necesarios para un salmón normal. Sin embargo, los animales adultos no son mayores que los normales. Es pues sólo el tiempo que tardan en hacerse adultos lo que cambia, no su talla final.
La compañía que pretende obtener el permiso de comercialización de este Salmón de la FDA para el mercado norteamericano debe demostrar varias cosas importantes. En primer lugar, que el salmón transgénico está desprovisto de toxinas o alérgenos peligrosos para el consumo humano. Eso será relativamente fácil. En segundo lugar debe demostrar que el Salmón transgénico no es radicalmente diferente de su pariente normal, es decir, posee una cantidad de lípidos, proteínas y vitaminas similares, o si no, incluso mejores, pero no peores, que el Salmón original y que el transgén no origina tumores o deformaciones en el animal.
La tercera exigencia de la FDA es la seguridad medioambiental. Este es el problema que más preocupa y que más polémica ha levantado en los medios de comunicación estadounidenses. Algunos científicos y ecologistas temen que el Salmón transgénico pueda escapar de los sitios de cría controlados y cruzarse con su homónimo natural. De ser así, este salmón podría erradicar a las poblaciones autóctonas en tan sólo cuarenta generaciones
A esta acusación, la compañía A/F Protein, que pretende comercializarlo, responde con que su salmón es estéril y que los salmones fértiles para la producción del transgénico estarán confinados en estanques situados en tierra firme, lo que hará imposible su escape al mar y el cruce con salmones salvajes.
La polémica, que no el salmón, está servida. En mi opinión el progreso siempre ha tenido sus detractores pero al final ha acabado siempre imponiéndose. Si no es el salmón, será la trucha, el conejo, o pollo, pero los alimentos transgénicos han llegado para quedarse. Cuanto mejor comprendamos sus ventajas, sus inconvenientes y su posibles peligros más seguros nos sentiremos todos, como consumidores. Para ello, necesitamos de científicos independientes de intereses comerciales o políticos que puedan defender e informar a la población, algo que España no posee en las cantidades que la rapidez del progreso requiere.
No hay comentarios:
Publicar un comentario