Si
el desciframiento del genoma humano, con solo el
doble de genes que el de una mosca, ha supuesto una mala sorpresa, o incluso un
susto, para muchos, tenga la seguridad de que en este siglo que acaba de
comenzar peores sorpresas aguardan aún a muchos otros. La ciencia que el hombre
ha desarrollado a lo largo de los siglos lo ha engrandecido, pero también lo ha
humillado. Cuanto más grande se ha hecho la una, más pequeño frente al universo
y el resto de los seres vivos se ha hecho el otro. ¿Llegará la ciencia a hacer
desaparecer, es decir, a explicar, lo que creemos es específicamente y
únicamente humano? Depende del punto de vista de cada cual. Se mire desde la
ideología o creencia que cada uno prefiera, los seres humanos somos una especie
diferente de las otras. También lo son la mosca o el chimpancé, claro, que
poseen su “moscalidad” y “chimpamcilidad” como nosotros poseemos nuestra
humanidad. La pregunta, mejor planteada, sería entonces: ¿Podrá la ciencia
explicar lo que hace a cada especie diferente de las demás?
En el caso del ser humano, muchos pueden
sentirse seguros de que eso no llegará a llevarse a cabo nunca. Al fin y al
cabo, para hacerlo, la ciencia tendría que explicar fenómenos como las
emociones, la inteligencia, la fe, la creatividad.
Pero no estemos tan seguros. Hablando, en
particular, de la creatividad, la ciencia también está estudiando este
fenómeno, aparentemente exclusivamente humano, y pretende descubrir sus bases
genéticas y biológicas. Tarea difícil. . . pero creativa.
Los genios que la Humanidad ha producido
parecen tener ideas de repente, como surgidas de la nada. La resolución del
problema que les preocupaba ha sido casi siempre repentina, en efecto, una
genialidad. Si excluimos a las musas o a cualquier otro tipo de inspiración
sobrenatural –lo que la ciencia tiene la obligación de hacer–, no queda sino
concluir que algo fuera de lo normal sucede en los cerebros de los genios. Si,
por el contrario, el cerebro de los genios en nada difiriera del cerebro del
común de los mortales, tendríamos que concluir que la creatividad no depende de
la actividad cerebral.
Las nuevas tecnologías de las que dispone
hoy la ciencia, como la tomografía por emisión de positrones –de las que ya he
hablado en otra ocasión– permiten hoy “ver” el funcionamiento del cerebro
cuando este se enfrenta a la resolución de un problema. Genios hay pocos, pero
hay, y algunos incluso se dejan estudiar por los científicos (uno duda entonces
de que sean tan geniales como dicen, pero quizás no sea inteligencia lo que les
falte sino que les sobre ingenuidad). Es el caso de Rüdiger Gamm, un calculador
prodigio de nacionalidad alemana. Este joven de 29 años es, por ejemplo, capaz
de dividir dos números primos entre sí (aquellos que solo son divisibles por
ellos mismos y por la unidad) y dar el resultado correcto hasta la sexagésima
cifra decimal en menos de dos segundos. Estarán de acuerdo conmigo en que
cálculos de esa complejidad y rapidez no son comunes en ministros de economía,
ni siquiera alemanes, razón por la que Rüdiger no es ministro.
Y esto es una suerte, porque si lo fuera,
por razones obvias, nunca hubiera dejado que estudiaran su cerebro y lo
compararán con el de seis personas normales intentando realizar los mismos
cálculos. Del resultado de estos estudios han surgido conclusiones muy
interesantes. Como ya he mencionado antes, la tomografía por emisión de
positrones permite analizar qué regiones del cerebro se ponen en funcionamiento
cuando este órgano se enfrenta a un problema determinado. Con el uso de este
instrumento, se ha puesto de manifiesto que, además de las regiones normalmente
activadas en los sujetos normales al realizar los cálculos, el cerebro de
Rüdiger pone en funcionamiento otras regiones, implicadas en la memoria de
larga duración. Según estos datos, parece que los sujetos normales no pueden
hacer uso de esas regiones cerebrales, mientras que Rüdiger puede utilizar la
memoria de larga duración y acceder a la gran cantidad de datos allí
almacenados, muchos de los cuales tienen que ver con la relación personal que
Rüdiger ha establecido con los números. Como Rüdiger ha pasado mucho tiempo
en el mundo de las cifras, ha terminado por desarrollar una afectividad por
ellas que está relacionada con sus portentosas facultades de cálculo. Los
números, para Rüdiger, se han convertido en experiencias afectivas, guardadas
en su memoria, quizás como los demás guardamos el recuerdo de un ser querido.
Pero hacer cálculos muy complicados no es
creatividad, se dirá usted, y está en lo cierto. Sin embargo, lo que estos
trabajos nos sugieren es que, en otras actividades relacionadas con la
resolución de problemas que requieran creatividad, es posible que el cerebro de
los genios difiera del cerebro del común de los mortales. Estudios realizados
por el grupo de Marian Diamond, de la Universidad de Berkeley en California,
con los restos del cerebro de Albert Einstein, conservado en formol desde su
muerte, parecen confirmar esta hipótesis. El cerebro de Einstein contenía un
número muy superior de un tipo especial de células cerebrales, las llamadas
células gliales, en el área denominada girus angular, situada en el lóbulo
parietal inferior, que estudios recientes han confirmado está muy involucrada
en la manipulación de cantidades numéricas. En otro estudio, publicado en 1999,
Sandra Witelson, de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá, parece haber
encontrado una anomalía en la región parietal del cerebro del célebre sabio,
cuyos lóbulos serían mayores de lo normal y sus surcos cerebrales muy
diferentes de los normales.
¿En qué medida estas diferencias se deben
a los genes y cuánto al entorno, educación adecuada, familia…? El
desciframiento del genoma podrá quizá un día responder a esta pregunta. Sin
duda, es ya posible realizar estudios genéticos con el genoma de Rüdinger y
compararlo con el de personas normales. Quizá así podríamos identificar genes
que tengan que ver con sus portentosas facultades de cálculo. De la misma
manera, es posible que el genoma del mismo Einstein pueda ser ahora estudiado y
si posee genes responsables de las anomalías cerebrales relacionadas con su
genialidad, estos puedan ser identificados.
Estas cuestiones abren la ventana a temas
con los que tendremos que enfrentarnos en el futuro. Mucha gente querría tener
a un genio como hijo o como hija. Si sabemos un día cómo hacerlo, ¿podremos
impedir que quien pueda pagarlo así lo haga? Es más, ¿será ético impedirlo?
¿Será ético no impedirlo?
Mientras algunas personas, geniales o no,
y más o menos creativas, se devanan los sesos para dar respuesta a estas y
otras preguntas, en Estados Unidos y Europa proliferan los bancos de esperma de
premios Nobel, atletas de élite, artistas reconocidos… El esperma de estos
“genios” que supuestamente posee genes “geniales” se pone a disposición de
mujeres que puedan pagar por la probabilidad, quizá más elevada, de tener un
hijo prodigio mediante la fecundación in
vitro. Ya han nacido centenas de niños mediante este procedimiento, sin que
nadie haya podido aún hacer un balance definitivo del éxito de esta operación.
Tengamos en cuenta que también deben contar algo los genes de las madres, de
las que no se sabe si su inteligencia es normal (el hecho de querer fecundarse in vitro con esperma de esos individuos
por lo menos lo pone en duda).
Muchas y fascinantes aventuras
biotecnológicas y éticas nos aguardan en el futuro inmediato. De algunas de
ellas hablaremos aquí en otras ocasiones. Esperemos que la especie humana, aun
engrandecida y también empequeñecida cada día más por el desarrollo de la ciencia
que ella misma hace crecer, goce de una mentalidad abierta y de la suficiente
creatividad para aceptarlas y hacerles frente.
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