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martes, 27 de febrero de 2001

La biología de la creatividad


Albert Einstein enseñando lo que las anomalías de su cerebro le permitieron descubrir para el resto de la Humanidad.


Si el desciframiento del genoma humano, con solo el doble de genes que el de una mosca, ha supuesto una mala sorpresa, o incluso un susto, para muchos, tenga la seguridad de que en este siglo que acaba de comenzar peores sorpresas aguardan aún a muchos otros. La ciencia que el hombre ha desarrollado a lo largo de los siglos lo ha engrandecido, pero también lo ha humillado. Cuanto más grande se ha hecho la una, más pequeño frente al universo y el resto de los seres vivos se ha hecho el otro. ¿Llegará la ciencia a hacer desaparecer, es decir, a explicar, lo que creemos es específicamente y únicamente humano? Depende del punto de vista de cada cual. Se mire desde la ideología o creencia que cada uno prefiera, los seres humanos somos una especie diferente de las otras. También lo son la mosca o el chimpancé, claro, que poseen su “moscalidad” y “chimpamcilidad” como nosotros poseemos nuestra humanidad. La pregunta, mejor planteada, sería entonces: ¿Podrá la ciencia explicar lo que hace a cada especie diferente de las demás?
En el caso del ser humano, muchos pueden sentirse seguros de que eso no llegará a llevarse a cabo nunca. Al fin y al cabo, para hacerlo, la ciencia tendría que explicar fenómenos como las emociones, la inteligencia, la fe, la creatividad.
Pero no estemos tan seguros. Hablando, en particular, de la creatividad, la ciencia también está estudiando este fenómeno, aparentemente exclusivamente humano, y pretende descubrir sus bases genéticas y biológicas. Tarea difícil. . . pero creativa.
Los genios que la Humanidad ha producido parecen tener ideas de repente, como surgidas de la nada. La resolución del problema que les preocupaba ha sido casi siempre repentina, en efecto, una genialidad. Si excluimos a las musas o a cualquier otro tipo de inspiración sobrenatural –lo que la ciencia tiene la obligación de hacer–, no queda sino concluir que algo fuera de lo normal sucede en los cerebros de los genios. Si, por el contrario, el cerebro de los genios en nada difiriera del cerebro del común de los mortales, tendríamos que concluir que la creatividad no depende de la actividad cerebral.
Las nuevas tecnologías de las que dispone hoy la ciencia, como la tomografía por emisión de positrones –de las que ya he hablado en otra ocasión– permiten hoy “ver” el funcionamiento del cerebro cuando este se enfrenta a la resolución de un problema. Genios hay pocos, pero hay, y algunos incluso se dejan estudiar por los científicos (uno duda entonces de que sean tan geniales como dicen, pero quizás no sea inteligencia lo que les falte sino que les sobre ingenuidad). Es el caso de Rüdiger Gamm, un calculador prodigio de nacionalidad alemana. Este joven de 29 años es, por ejemplo, capaz de dividir dos números primos entre sí (aquellos que solo son divisibles por ellos mismos y por la unidad) y dar el resultado correcto hasta la sexagésima cifra decimal en menos de dos segundos. Estarán de acuerdo conmigo en que cálculos de esa complejidad y rapidez no son comunes en ministros de economía, ni siquiera alemanes, razón por la que Rüdiger no es ministro.
Y esto es una suerte, porque si lo fuera, por razones obvias, nunca hubiera dejado que estudiaran su cerebro y lo compararán con el de seis personas normales intentando realizar los mismos cálculos. Del resultado de estos estudios han surgido conclusiones muy interesantes. Como ya he mencionado antes, la tomografía por emisión de positrones permite analizar qué regiones del cerebro se ponen en funcionamiento cuando este órgano se enfrenta a un problema determinado. Con el uso de este instrumento, se ha puesto de manifiesto que, además de las regiones normalmente activadas en los sujetos normales al realizar los cálculos, el cerebro de Rüdiger pone en funcionamiento otras regiones, implicadas en la memoria de larga duración. Según estos datos, parece que los sujetos normales no pueden hacer uso de esas regiones cerebrales, mientras que Rüdiger puede utilizar la memoria de larga duración y acceder a la gran cantidad de datos allí almacenados, muchos de los cuales tienen que ver con la relación personal que Rüdiger ha establecido con los números. Como Rüdiger ha pasado mucho tiempo en el mundo de las cifras, ha terminado por desarrollar una afectividad por ellas que está relacionada con sus portentosas facultades de cálculo. Los números, para Rüdiger, se han convertido en experiencias afectivas, guardadas en su memoria, quizás como los demás guardamos el recuerdo de un ser querido.
Pero hacer cálculos muy complicados no es creatividad, se dirá usted, y está en lo cierto. Sin embargo, lo que estos trabajos nos sugieren es que, en otras actividades relacionadas con la resolución de problemas que requieran creatividad, es posible que el cerebro de los genios difiera del cerebro del común de los mortales. Estudios realizados por el grupo de Marian Diamond, de la Universidad de Berkeley en California, con los restos del cerebro de Albert Einstein, conservado en formol desde su muerte, parecen confirmar esta hipótesis. El cerebro de Einstein contenía un número muy superior de un tipo especial de células cerebrales, las llamadas células gliales, en el área denominada girus angular, situada en el lóbulo parietal inferior, que estudios recientes han confirmado está muy involucrada en la manipulación de cantidades numéricas. En otro estudio, publicado en 1999, Sandra Witelson, de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá, parece haber encontrado una anomalía en la región parietal del cerebro del célebre sabio, cuyos lóbulos serían mayores de lo normal y sus surcos cerebrales muy diferentes de los normales.

¿En qué medida estas diferencias se deben a los genes y cuánto al entorno, educación adecuada, familia…? El desciframiento del genoma podrá quizá un día responder a esta pregunta. Sin duda, es ya posible realizar estudios genéticos con el genoma de Rüdinger y compararlo con el de personas normales. Quizá así podríamos identificar genes que tengan que ver con sus portentosas facultades de cálculo. De la misma manera, es posible que el genoma del mismo Einstein pueda ser ahora estudiado y si posee genes responsables de las anomalías cerebrales relacionadas con su genialidad, estos puedan ser identificados.
Estas cuestiones abren la ventana a temas con los que tendremos que enfrentarnos en el futuro. Mucha gente querría tener a un genio como hijo o como hija. Si sabemos un día cómo hacerlo, ¿podremos impedir que quien pueda pagarlo así lo haga? Es más, ¿será ético impedirlo? ¿Será ético no impedirlo?
Mientras algunas personas, geniales o no, y más o menos creativas, se devanan los sesos para dar respuesta a estas y otras preguntas, en Estados Unidos y Europa proliferan los bancos de esperma de premios Nobel, atletas de élite, artistas reconocidos… El esperma de estos “genios” que supuestamente posee genes “geniales” se pone a disposición de mujeres que puedan pagar por la probabilidad, quizá más elevada, de tener un hijo prodigio mediante la fecundación in vitro. Ya han nacido centenas de niños mediante este procedimiento, sin que nadie haya podido aún hacer un balance definitivo del éxito de esta operación. Tengamos en cuenta que también deben contar algo los genes de las madres, de las que no se sabe si su inteligencia es normal (el hecho de querer fecundarse in vitro con esperma de esos individuos por lo menos lo pone en duda).
Muchas y fascinantes aventuras biotecnológicas y éticas nos aguardan en el futuro inmediato. De algunas de ellas hablaremos aquí en otras ocasiones. Esperemos que la especie humana, aun engrandecida y también empequeñecida cada día más por el desarrollo de la ciencia que ella misma hace crecer, goce de una mentalidad abierta y de la suficiente creatividad para aceptarlas y hacerles frente.


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