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martes, 31 de octubre de 2000

El cáncer y la obediencia de los virus



Fotografías electrónicas de diversos tipos de virus que están siendo “domesticados” para su uso terapéutico contra el cáncer.


Los pasados jueves y viernes, se celebraron las primeras Jornadas Internacionales de Oncología en Albacete, organizadas por la Consejería de Sanidad y la Facultad de Medicina de la Universidad de Castilla-La Mancha, con la colaboración de la Sociedad Española de Cirugía Oncológica. A juzgar por el nivel de asistencia y la calidad de las ponencias y mesas redondas, las Jornadas fueron todo un éxito que esperamos pueda repetirse en el futuro. No podía ser de otro modo: las Jornadas contaron con la participación de prestigiosos científicos y médicos procedentes de Europa, Estados Unidos y España. Esta circunstancia singular para la ciudad de Albacete me obliga hoy a hablar de la terapia contra el cáncer.
Muchas son las estrategias que en la actualidad se están empleando, con mayor o menor éxito, para vencer al cáncer. En esta ocasión, me gustaría hablar del empleo de uno de nuestros más terribles enemigos para vencer la incontrolada división celular que causa esa enfermedad. Me refiero a los virus.
El filósofo inglés Francis Bacon (Francisco Tocino para sus íntimos; 1561-1626) dijo en una ocasión que la Naturaleza, para ser gobernada, debe ser obedecida. Lúcido pensamiento, que los científicos intentan convertir cada día en realidad. Pero, ¿cómo gobernamos a los virus obedeciéndoles al mismo tiempo?
El lector informado sabrá que los virus son microorganismos formados por proteínas y ácidos nucleicos. Las proteínas ayudan al virus o a su ácido nucleico a penetrar al interior de las células. Los ácidos nucleicos transportan la información genética, los genes necesarios para que el virus se reproduzca en el interior de la célula infectada, utilizando la maquinaria molecular de ésta. El virus es un parásito molecular que ha aprendido a introducir sus genes en las células y utilizarlas para sus propios fines. El hombre, a su vez, está aprendiendo ahora a utilizar a los virus para luchar contra el cáncer.
¿Qué podemos hacerle a un virus para que, obedeciendo a la Naturaleza, éste nos obedezca? Afortunadamente, muchas cosas, todas basadas en unos principios básicos, fáciles de comprender.
Para comenzar, como ya he dicho, los virus tienen la mala costumbre de infectar a las células e introducirle sus genes con la intención de reproducirse en su interior, matándolas. Este comportamiento, verdaderamente obsesivo, de los virus, fue ya utilizado en los años cincuenta como terapia anticancerosa. Los virus parecen reproducirse mejor en células que, a su vez, se están reproduciendo, como es el caso de las células cancerosas. En un estudio, realizado nada menos que en 1956, la inyección de virus del catarro común a pacientes de carcinoma de cuello del útero produjo una disminución del tamaño de los tumores que, sin embargo, se recuperaron y acabaron matando al fin a todos los pacientes.
Pero hoy no tenemos que conformarnos con utilizar al virus tal y como la Naturaleza nos lo proporciona. Gracias a los avances de la biología molecular, avances que parecen milagrosos pero que obedecen sin excepción a la Naturaleza, hoy podemos modificar los virus y añadirles genes tóxicos, mortales para las células que lo incorporen, es decir, para las células a las que el virus infecte obedeciendo los designios ancestrales de la Naturaleza. Tenemos aquí un ejemplo de la llamada terapia génica. Serían los genes que la ciencia incorpore a los virus, y no los propios virus, los que tendrían un efecto terapéutico.
La prudencia con la que normalmente se desarrollan todas las investigaciones condujo a tomar la decisión de modificar los virus para que éstos llevaran un gen tóxico, pero no llevaran los genes necesarios para que pudieran reproducirse en el interior de las células. Los virus son así tan sólo vehículos para los genes que el hombre decida introducir en el interior de las células cancerosas. La razón de esta estrategia es obvia. Si los virus, al reproducirse, acabaran infectando no sólo a las células tumorales, sino también a las normales, tras curar el cáncer, los virus acabarían con la vida de los pacientes. Claro que, al menos, éstos morirían curados, lo que es siempre signo de progreso.
Sin embargo, las investigaciones realizadas en los años cincuenta, que mencioné antes, indicaban que los virus, al reproducirse preferentemente en células en crecimiento, podrían ser por sí solos una buena arma terapéutica. Si, además, podíamos modificar sus genes, su eficacia terapéutica podría ser muy elevada. Lo que habría que conseguir para poder usar virus que se reproducen es asegurarse de que éstos sólo lo van a hacer en células cancerosas.
Afortunadamente, existen nada menos que dos familias de virus diferentes que parecen poseer esta propiedad. Estos virus están siendo investigados para su uso en la terapia cancerosa Modificaciones realizadas en el laboratorio han conseguido que estos virus sólo infecten a células que tiene el oncogén ras activado. Así, se consigue que el virus infecte sólo a células tumorales, ya que el funcionamiento anormalmente elevado de este oncogén se encuentra en el origen de alrededor del 80% de todos los tumores.
Por otra parte, los investigadores no se conforman con añadir un gen a los virus, sino que añaden dos o más. Uno de ellos es, como ya hemos explicado, un gen tóxico para la célula infectada. Los otros, son genes que van a producir proteínas en el interior de las células infectadas que van a atraer a las células del sistema inmune del paciente. Estas células soldado van a ser alertadas del crecimiento del tumor y van a colaborar a la eliminación de las células anormales. De esta manera, los virus son utilizados con dos estrategias terapéuticas complementarias. Así, se han conseguido virus de alta eficacia terapéutica en el laboratorio, pero queda todavía estudiar su comportamiento en el ser humano. Esperemos que los resultados sean tan prometedores como los obtenidos en animales de laboratorio y que el avance de la ciencia consiga hacer cada vez más falso el refrán de que Dios cura, y el médico cobra.

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