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martes, 21 de noviembre de 2000

La primera piedra: investigación


 
La inminente colocación de la primera piedra del edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Castilla-La Mancha y La celebración en Albacete la pasada semana de una jornada del Libro Blanco de la Atención Sanitaria, dedicada a analizar los problemas y el futuro de la investigación biomédica en nuestra región, me ha inducido a cambiar la filosofía de este con respecto a otros artículos y aprovechar esta oportunidad para intentar explicar aquí por qué la investigación en general, y la biomédica en particular, es tan importante para el futuro desarrollo de nuestra región, de España, de Europa y del mundo.
Algunos medios de comunicación están dedicando cierto esfuerzo para llevar a la opinión pública la enfermedad crónica de la ciencia española y la terrible situación vital en la que se encuentran muchos investigadores españoles. No voy a insistir aquí en las ideas que se repiten en esos medios sobre este tema, y ya que un artículo es insuficiente para un completo análisis de la situación de la ciencia en España, me referiré aquí a algunas ideas raramente expresadas en otros lugares.
Como investigador, debo decir que soy pesimista sobre que algún día las personas de este país lleguen a comprender la importancia de la investigación científica y la influencia que la ciencia tiene en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Sin embargo, y quizás motivado por ese pesimismo, me gustaría levantar mi voz en defensa de la ciencia, en defensa, en realidad, de todos.
Antes de hablar del valor de la ciencia, es importante que distingamos entre ciencia y tecnología. La tecnología es, es términos simples, lo que la ciencia nos capacita para hacer. La ciencia, la actividad que nos conduce a aumentar el conocimiento, conocimiento que nos proporciona la oportunidad de crear, de fabricar una nueva realidad: la tecnología. Para aquellos que no tengan clara todavía la diferencia, baste con decir que la tecnología de hoy se fundamenta en la ciencia del ayer, y la ciencia de hoy fundamentará la tecnología del mañana. Esto es siempre así, pero sobre todo en disciplinas en las que queda aún mucho por descubrir, como son la Biología y la Medicina.
Le agradecería que ahora reflexionara un momento sobre la influencia que la ciencia y la tecnología tienen en su vida. Nos levantamos por la mañana y nos dirigimos al cuarto de baño. Pulsamos un botón o una palanca y el agua evacua nuestros desechos. Sentimos cierto dolor de cabeza esa mañana por lo que, tras prepararnos unas tostadas en el tostador eléctrico y un café en nuestra cafetera automática, decidimos tomarnos una aspirina. Escuchamos las noticias de la mañana en la televisión. Hablan de Internet, de telefonía móvil, de una operación para separar a dos hermanas siamesas. Tras el desayuno caliente y la aspirina nos sentimos mejor. Nos dirigimos pues al trabajo en nuestro vehículo, esa maravilla de la ingeniería con bolsas de aire, frenos antibloqueo, dirección asistida, radio y CD y una manada de caballos y yeguas de potencia.
Todo lo anterior es cotidiano, todo parece normal. Pero la normalidad está apoyada en siglos de progreso científico. Siglos de progreso realizado, por desgracia, generalmente fuera de nuestras fronteras, en países extranjeros, aun más desarrollados, aun más científicos y tecnológicos que el nuestro. Y es que cuando se habla del desarrollo de los países, de eso que tanto gusta hablar a los políticos, se habla, en realidad y sobre todo, de la ciencia y de sus consecuencias en nuestras vidas.
Se han dicho muchas cosas para justificar que la ciencia en España esté a la cola de Europa. Se ha dicho que la investigación científica es cara, una inversión que posee un alto riesgo de retorno. España, un país "pobre", no puede permitirse despilfarrar el dinero en una actividad de tan dudosos beneficios. Se argumenta como si nuestra vida cotidiana estuviera desprovista de los beneficios de la ciencia.
¿Es la ciencia cara? Veamos. Según los datos de que dispongo, los gastos de operación y mantenimiento del recientemente creado Instituto de Investigaciones del cáncer de Salamanca, que cuenta con más de cien investigadores y técnicos, son de unos setecientos millones de pesetas al año. El traspaso de Figo costó diez mil millones, cantidad que permitiría funcionar al instituto durante más de catorce años. Si comparamos el dinero dedicado al fútbol con el dedicado a la ciencia en nuestro país, está claro qué actividad es más cara. También está claro a qué actividad se le presta más atención y cuál es más inútil. Pero a este país le interesa lo inútil. Como un colega me dijo una vez, ¿qué se puede esperar de un país que importa futbolistas y exporta científicos?
Así pues, se utiliza el argumento de que la ciencia es cara para justificar la pequeña inversión que en España se realiza en ella, comparada con la inversión de otros países de nuestro entorno, que siguen avanzando más deprisa que nosotros. También se justifica así la idea de que si se invierte dinero en ciencia, esta tiene que devolver con creces lo que se ha invertido. La filosofía actual parece ser que la inversión pública en ciencia en las Universidades o Centros de Investigación aporte a las empresas privadas españolas el conocimiento necesario para desarrollar tecnologías que permitan crear riqueza, que permitan, sobre todo, hacer ricos a los empresarios que poco o nada invierten en investigación. Esta idea puede parecer sensata, pero tiene la desventaja de convertir la ciencia en una actividad exclusivamente orientada a que quienes menos investigan obtengan pingües beneficios, en lugar de estar orientada a obtener más conocimiento para todos.
Y es conocimiento lo que la ciencia debe obtener. Lo demás viene por añadidura, como ha sucedido siempre, como la historia de la ciencia demuestra. Es siempre difícil dar dinero de manera altruista sin esperar necesariamente beneficios seguros. Sin embargo, hay gente que lo hace todos los días. Gente que da limosna y colabora por una causa justa, que lucha por dedicar, por ejemplo, el 0,7% del PIB a la ayuda al tercer mundo. La avaricia que se suele atribuir a la actividad científica, y a los propios científicos, la ha despojado de aquello que le es más noble. Pero, insisto, el objetivo de la ciencia no es el dinero, sino el conocimiento. Y si hay algo que trasciende todas las fronteras erigidas por los seres humanos es el conocimiento del universo que nos rodea. Si hay algo que es, sin ninguna duda, Patrimonio Universal de la Humanidad es lo que la ciencia consigue acumular: conocimiento. España es uno de los países que posee más monumentos y ciudades declarados Patrimonio Universal de la Humanidad, lo que a todos nos llena de orgullo. Pero donde España no contribuye lo que puede y lo que debe al patrimonio de la Humanidad es en el Patrimonio Universal número uno: la adquisición de conocimiento para el desarrollo de toda la Humanidad, no solo de algunas empresas españolas.
Sin embargo, aunque nos empeñemos en ser altruistas con la ciencia, la actividad científica no nos lo permite. Aunque la actividad investigadora básica no reportara beneficios materiales –lo cual no es cierto si se dedican a ella suficientes recursos humanos y materiales–, siempre los reportará intelectuales. La sociedad y la cultura que dedique esfuerzo a comprender mejor el mundo que le rodea, a comunicar ese conocimiento a sus miembros y a intercambiarlo con el adquirido por otras sociedades, poseerá un bien intelectual inapreciable: una visión más adecuada del mundo y del ser humano que hará a todos la vida más plena. Este sí es un signo de verdadero desarrollo humano. El desarrollo de una cultura de la investigación y de la ciencia permitiría, además, incorporar más rápidamente el conocimiento y las tecnologías desarrolladas en otras partes del mundo, y hacerlo sin complejos, ya que contribuiríamos a acrecentar el conocimiento universal en lo que nos corresponde.
No sé si alguna vez nuestro país colmará la deuda moral que tiene con el mundo. La deuda de ser un país bastante desarrollado gracias al uso de conocimiento y tecnología generados por otros países sin haber, a su vez, contribuido al desarrollo científico en la medida de sus posibilidades. Dudo de que así sea, a juzgar por la gestión de la ciencia y la política científica que se pretende desarrollar. Ya que tradicionalmente los gobiernos de España no han dado a la ciencia la importancia que se merece, me atrevo a sugerir aquí que quizás la solución provenga del aumento de la comprensión y voluntad populares para potenciar una cultura de la ciencia en España a través de la creación de organismos no gubernamentales. Esperemos que alguien entusiasta ponga también la primera piedra para esto. Al fin y al cabo, la ciencia, en España, es una discapacitada física e intelectual. Deberíamos ayudarla. En el fondo, así nos ayudaríamos todos.

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