La
inminente colocación de la primera piedra del
edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Castilla-La Mancha y
La celebración en Albacete la pasada semana de una jornada del Libro Blanco de
la Atención Sanitaria, dedicada a analizar los problemas y el futuro de la
investigación biomédica en nuestra región, me ha inducido a cambiar la
filosofía de este con respecto a otros artículos y aprovechar esta oportunidad
para intentar explicar aquí por qué la investigación en general, y la biomédica
en particular, es tan importante para el futuro desarrollo de nuestra región,
de España, de Europa y del mundo.
Algunos medios de comunicación están
dedicando cierto esfuerzo para llevar a la opinión pública la enfermedad
crónica de la ciencia española y la terrible situación vital en la que se
encuentran muchos investigadores españoles. No voy a insistir aquí en las ideas
que se repiten en esos medios sobre este tema, y ya que un artículo es
insuficiente para un completo análisis de la situación de la ciencia en España,
me referiré aquí a algunas ideas raramente expresadas en otros lugares.
Como investigador, debo decir que soy
pesimista sobre que algún día las personas de este país lleguen a comprender la
importancia de la investigación científica y la influencia que la ciencia tiene
en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Sin embargo, y quizás motivado
por ese pesimismo, me gustaría levantar mi voz en defensa de la ciencia, en
defensa, en realidad, de todos.
Antes de hablar del valor de la ciencia,
es importante que distingamos entre ciencia y tecnología. La tecnología es, es
términos simples, lo que la ciencia nos capacita para hacer. La ciencia, la
actividad que nos conduce a aumentar el conocimiento, conocimiento que nos
proporciona la oportunidad de crear, de fabricar una nueva realidad: la
tecnología. Para aquellos que no tengan clara todavía la diferencia, baste con
decir que la tecnología de hoy se fundamenta en la ciencia del ayer, y la
ciencia de hoy fundamentará la tecnología del mañana. Esto es siempre así, pero
sobre todo en disciplinas en las que queda aún mucho por descubrir, como son la
Biología y la Medicina.
Le agradecería que ahora reflexionara un
momento sobre la influencia que la ciencia y la tecnología tienen en su vida.
Nos levantamos por la mañana y nos dirigimos al cuarto de baño. Pulsamos un botón
o una palanca y el agua evacua nuestros desechos. Sentimos cierto dolor de
cabeza esa mañana por lo que, tras prepararnos unas tostadas en el tostador
eléctrico y un café en nuestra cafetera automática, decidimos tomarnos una
aspirina. Escuchamos las noticias de la mañana en la televisión. Hablan de
Internet, de telefonía móvil, de una operación para separar a dos hermanas
siamesas. Tras el desayuno caliente y la aspirina nos sentimos mejor. Nos
dirigimos pues al trabajo en nuestro vehículo, esa maravilla de la ingeniería
con bolsas de aire, frenos antibloqueo, dirección asistida, radio y CD y una
manada de caballos y yeguas de potencia.
Todo lo anterior es cotidiano, todo
parece normal. Pero la normalidad está apoyada en siglos de progreso
científico. Siglos de progreso realizado, por desgracia, generalmente fuera de
nuestras fronteras, en países extranjeros, aun más desarrollados, aun más
científicos y tecnológicos que el nuestro. Y es que cuando se habla del
desarrollo de los países, de eso que tanto gusta hablar a los políticos, se
habla, en realidad y sobre todo, de la ciencia y de sus consecuencias en
nuestras vidas.
Se han dicho muchas cosas para justificar
que la ciencia en España esté a la cola de Europa. Se ha dicho que la
investigación científica es cara, una inversión que posee un alto riesgo de
retorno. España, un país "pobre", no puede permitirse despilfarrar el
dinero en una actividad de tan dudosos beneficios. Se argumenta como si nuestra
vida cotidiana estuviera desprovista de los beneficios de la ciencia.
¿Es la ciencia cara? Veamos. Según los
datos de que dispongo, los gastos de operación y mantenimiento del
recientemente creado Instituto de Investigaciones del cáncer de Salamanca, que
cuenta con más de cien investigadores y técnicos, son de unos setecientos
millones de pesetas al año. El traspaso de Figo costó diez mil millones,
cantidad que permitiría funcionar al instituto durante más de catorce años. Si
comparamos el dinero dedicado al fútbol con el dedicado a la ciencia en nuestro
país, está claro qué actividad es más cara. También está claro a qué actividad
se le presta más atención y cuál es más inútil. Pero a este país le interesa lo
inútil. Como un colega me dijo una vez, ¿qué se puede esperar de un país que
importa futbolistas y exporta científicos?
Así pues, se utiliza el argumento de que
la ciencia es cara para justificar la pequeña inversión que en España se
realiza en ella, comparada con la inversión de otros países de nuestro entorno,
que siguen avanzando más deprisa que nosotros. También se justifica así la idea
de que si se invierte dinero en ciencia, esta tiene que devolver con creces lo
que se ha invertido. La filosofía actual parece ser que la inversión pública en
ciencia en las Universidades o Centros de Investigación aporte a las empresas
privadas españolas el conocimiento necesario para desarrollar tecnologías que
permitan crear riqueza, que permitan, sobre todo, hacer ricos a los empresarios
que poco o nada invierten en investigación. Esta idea puede parecer sensata,
pero tiene la desventaja de convertir la ciencia en una actividad
exclusivamente orientada a que quienes menos investigan obtengan pingües
beneficios, en lugar de estar orientada a obtener más conocimiento para todos.
Y es conocimiento lo que la ciencia debe
obtener. Lo demás viene por añadidura, como ha sucedido siempre, como la
historia de la ciencia demuestra. Es siempre difícil dar dinero de manera
altruista sin esperar necesariamente beneficios seguros. Sin embargo, hay gente
que lo hace todos los días. Gente que da limosna y colabora por una causa
justa, que lucha por dedicar, por ejemplo, el 0,7% del PIB a la ayuda al tercer
mundo. La avaricia que se suele atribuir a la actividad científica, y a los
propios científicos, la ha despojado de aquello que le es más noble. Pero,
insisto, el objetivo de la ciencia no es el dinero, sino el conocimiento. Y si
hay algo que trasciende todas las fronteras erigidas por los seres humanos es
el conocimiento del universo que nos rodea. Si hay algo que es, sin ninguna
duda, Patrimonio Universal de la Humanidad es lo que la ciencia consigue
acumular: conocimiento. España es uno de los países que posee más monumentos y
ciudades declarados Patrimonio Universal de la Humanidad, lo que a todos nos
llena de orgullo. Pero donde España no contribuye lo que puede y lo que debe al
patrimonio de la Humanidad es en el Patrimonio Universal número uno: la
adquisición de conocimiento para el desarrollo de toda la Humanidad, no solo de
algunas empresas españolas.
Sin embargo, aunque nos empeñemos en ser
altruistas con la ciencia, la actividad científica no nos lo permite. Aunque la
actividad investigadora básica no reportara beneficios materiales –lo cual no
es cierto si se dedican a ella suficientes recursos humanos y materiales–,
siempre los reportará intelectuales. La sociedad y la cultura que dedique
esfuerzo a comprender mejor el mundo que le rodea, a comunicar ese conocimiento
a sus miembros y a intercambiarlo con el adquirido por otras sociedades,
poseerá un bien intelectual inapreciable: una visión más adecuada del mundo y
del ser humano que hará a todos la vida más plena. Este sí es un signo de
verdadero desarrollo humano. El desarrollo de una cultura de la investigación y
de la ciencia permitiría, además, incorporar más rápidamente el conocimiento y
las tecnologías desarrolladas en otras partes del mundo, y hacerlo sin
complejos, ya que contribuiríamos a acrecentar el conocimiento universal en lo
que nos corresponde.
No sé si alguna vez nuestro país colmará
la deuda moral que tiene con el mundo. La deuda de ser un país bastante
desarrollado gracias al uso de conocimiento y tecnología generados por otros
países sin haber, a su vez, contribuido al desarrollo científico en la medida de
sus posibilidades. Dudo de que así sea, a juzgar por la gestión de la ciencia y
la política científica que se pretende desarrollar. Ya que tradicionalmente los
gobiernos de España no han dado a la ciencia la importancia que se merece, me
atrevo a sugerir aquí que quizás la solución provenga del aumento de la
comprensión y voluntad populares para potenciar una cultura de la ciencia en
España a través de la creación de organismos no gubernamentales. Esperemos que
alguien entusiasta ponga también la primera piedra para esto. Al fin y al cabo,
la ciencia, en España, es una discapacitada física e intelectual. Deberíamos
ayudarla. En el fondo, así nos ayudaríamos todos.
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