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martes, 17 de octubre de 2000

De ruidos en la mente a la imagen del recuerdo




Leyenda de la foto. La cámara de Tomografía permite analizar la actividad cerebro. Los sujetos pueden realizar diversas actividades mentales mientras son estudiados. El resultado del análisis es transformado en imágenes, un ejemplo de las cuales se muestra en la parte inferior. En este caso, las imágenes muestran las zonas cerebrales activadas al intentar reconocer letras y palabras.

Puesto que nadie se lo va a creer, no diré que este artículo lo tenía pensado antes de que la Academia de Ciencias sueca otorgara el último premio Nobel de Medicina del milenio a los investigadores Arvid Carlsson, Paul Greengard y Eric Kandel, quienes han contribuido a esclarecer cómo se comunican las neuronas y cómo su comunicación y la estructura de las sinapsis son modificadas durante los procesos de aprendizaje y memoria.
No voy a explicar aquí, sin embargo, las implicaciones del trabajo de estos científicos (que podrán encontrar en otros sitios). Ni siquiera pretendo explicar lo que son las sinapsis, lo que, como buenos españoles, todos deberíamos saber, puesto que las descubrió nuestro compatriota Santiago Ramón y Cajal, quien, por cierto, también recibió el premio Nobel en 1906. De lo que quiero hablar hoy es de un procedimiento que permite extraer imágenes de nuestro cerebro en actividad, y eso sin dañarlo o lavarle las ideas en lo más mínimo (lo opuesto de la televisión, que nos introduce imágenes dañando y lavando la materia gris de aquel a quien aún le quede algo). Este procedimiento está siendo utilizado por numerosos investigadores en todo el mundo para desentrañar parte de los secretos del funcionamiento de nuestro cerebro, uno de los reductos que la ignorancia aún domina a pesar de los ataques de la investigación para adquirir conocimiento.
Pero antes de entrar en los, quizá aburridos, detalles de cómo funciona ese procedimiento, paseémonos un poco por la historia. Nos encontramos en 1926, en el Hospital Peter Bent Brigham de Boston. El Dr. John Fulton tiene la oportunidad de examinar un caso extraordinario. Un marinero de origen alemán, Walter, había sido admitido en el hospital aquejado de severos dolores de cabeza y de una visión pobre que se había ido deteriorando en los últimos cinco años. Durante los seis meses anteriores a su admisión en el hospital, Walter se había quejado de la presencia de un ruido en su cabeza (y eso que Walter no veía la televisión, ni seguía los debates políticos). El Dr. Fulton comprobó que, en efecto, la visión de Walter era mala y comprobó también que, si se aplicaba un estetoscopio a la parte occipital (trasera) de la cabeza de Walter, ¡se podía oír un ruido!, probablemente el ruido del que Walter se quejaba. El ruido subía y bajaba en intensidad con la misma frecuencia que los latidos del corazón de Walter.
Walter fue sometido a una operación exploratoria en donde se observó que sobre el córtex visual de su cerebro, que se encuentra en la parte occipital, se encontraban unos vasos sanguíneos extraños, procedentes de alguna malformación arterio-venosa. La malformación no pudo ser eliminada y Walter obtuvo, además, una cicatriz en la cabeza que tenía la ventaja de permitir al Dr. Fulton escuchar aun mejor el ruido con su estetoscopio. Durante su estancia en el hospital, Walter le dijo al Dr. Fulton que el ruido aumentaba cuando usaba sus ojos, para intentar leer, por ejemplo. En efecto, el Dr. Fulton comprobó que si Walter cerraba los ojos, el ruido iba poco a poco desapareciendo, pero al abrirlos, el ruido aumentaba en intensidad. Lo que sucedía era la evidencia que hacía falta para confirmar las hipótesis de otros investigadores, quienes aseguraban que el flujo sanguíneo en algunas zonas del cerebro cambiaba con la actividad mental. Eso es lo que parecía sucederle a Walter. Al intentar leer, el flujo sanguíneo en su córtex visual aumentaba, originando así el ruido en su cabeza al pasar por los vasos sanguíneos malformados. Al cesar en esta actividad, el flujo sanguíneo disminuía, y con ello también el ruido.
El caso de Walter confirmó la hipótesis de que la actividad cerebral va asociada con un aumento del flujo sanguíneo en la región del cerebro involucrada en esa actividad. A partir de esta observación, y gracias al aumento de conocimiento en muchas otras áreas de la ciencia y al desarrollo de nuevas tecnologías, hoy disponemos de un procedimiento que permite explorar las regiones del cerebro que se activan al efectuar diferentes actividades. Este procedimiento se denomina Tomografía por Emisión de Positrones y, como todo en ciencia, su fundamento es muy sencillo. Se trata de un procedimiento que usa ciertos trucos para, simplemente, medir el flujo sanguíneo en distintas zonas del cerebro. Para ello, se inyecta en la sangre del sujeto bajo estudio agua radioactiva. El agua radioactiva que se usa aquí contiene un átomo de oxígeno que va a desintegrarse emitiendo un positrón, una partícula de antimateria correspondiente al electrón. El positrón emitido y un electrón del cuerpo se aniquilan mutuamente y emiten una radiación que puede detectarse con una cámara especial. Por supuesto, cuanto más agua radioactiva haya en un sitio determinado del cerebro, es decir, cuanta mayor sangre pase por ahí, mayor será el número de desintegraciones y mayor la radiación emitida. Puesto que, como hemos dicho, el flujo sanguíneo aumenta con la actividad de las zonas del cerebro involucradas en esa actividad, será en esas zonas donde haya mayor número de desintegraciones y, por tanto, mayor intensidad de radiación, que la cámara detectará. Digamos, para terminar, que la cantidad de radiactividad involucrada no es excesivamente perjudicial para el paciente o sujeto, ya que desaparece en tan solo diez minutos.
Este procedimiento ha sido utilizado recientemente por un equipo internacional compuesto por investigadores suecos y canadienses. Estos investigadores han conseguido demostrar que las partes del cerebro que se activan al memorizar una correspondencia de palabras y sonidos dada son las mismas zonas que las que se activan al intentar recordar lo que se ha aprendido. En otras palabras, los resultados de esos estudios parecen indicar que, en el proceso de almacenaje de información, se activan unas zonas del cerebro que luego es necesario reactivar para extraer esa información. La evocación de los recuerdos pone en marcha de nuevo lo que la experiencia activó. En cualquier caso, ojala que esta lectura les haya activado las zonas cerebrales del conocimiento y del divertimento y que eso les dure, por lo menos, hasta que enciendan la televisión.

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