Puesto
que nadie se lo va a creer, no diré que este artículo
lo tenía pensado antes de que la Academia de Ciencias sueca otorgara el último
premio Nobel de Medicina del milenio a los investigadores Arvid Carlsson, Paul
Greengard y Eric Kandel, quienes han contribuido a esclarecer cómo se comunican
las neuronas y cómo su comunicación y la estructura de las sinapsis son
modificadas durante los procesos de aprendizaje y memoria.
No voy a explicar aquí, sin embargo, las
implicaciones del trabajo de estos científicos (que podrán encontrar en otros
sitios). Ni siquiera pretendo explicar lo que son las sinapsis, lo que, como buenos
españoles, todos deberíamos saber, puesto que las descubrió nuestro compatriota
Santiago Ramón y Cajal, quien, por cierto, también recibió el premio Nobel en
1906. De lo que quiero hablar hoy es de un procedimiento que permite extraer
imágenes de nuestro cerebro en actividad, y eso sin dañarlo o lavarle las ideas
en lo más mínimo (lo opuesto de la televisión, que nos introduce imágenes
dañando y lavando la materia gris de aquel a quien aún le quede algo). Este
procedimiento está siendo utilizado por numerosos investigadores en todo el
mundo para desentrañar parte de los secretos del funcionamiento de nuestro
cerebro, uno de los reductos que la ignorancia aún domina a pesar de los
ataques de la investigación para adquirir conocimiento.
Pero antes de entrar en los, quizá
aburridos, detalles de cómo funciona ese procedimiento, paseémonos un poco por
la historia. Nos encontramos en 1926, en el Hospital Peter Bent Brigham de
Boston. El Dr. John Fulton tiene la oportunidad de examinar un caso
extraordinario. Un marinero de origen alemán, Walter, había sido admitido en el
hospital aquejado de severos dolores de cabeza y de una visión pobre que se
había ido deteriorando en los últimos cinco años. Durante los seis meses
anteriores a su admisión en el hospital, Walter se había quejado de la
presencia de un ruido en su cabeza (y eso que Walter no veía la televisión, ni
seguía los debates políticos). El Dr. Fulton comprobó que, en efecto, la visión
de Walter era mala y comprobó también que, si se aplicaba un estetoscopio a la
parte occipital (trasera) de la cabeza de Walter, ¡se podía oír un ruido!,
probablemente el ruido del que Walter se quejaba. El ruido subía y bajaba en
intensidad con la misma frecuencia que los latidos del corazón de Walter.
Walter fue sometido a una operación
exploratoria en donde se observó que sobre el córtex visual de su cerebro, que
se encuentra en la parte occipital, se encontraban unos vasos sanguíneos
extraños, procedentes de alguna malformación arterio-venosa. La malformación no
pudo ser eliminada y Walter obtuvo, además, una cicatriz en la cabeza que tenía
la ventaja de permitir al Dr. Fulton escuchar aun mejor el ruido con su
estetoscopio. Durante su estancia en el hospital, Walter le dijo al Dr. Fulton
que el ruido aumentaba cuando usaba sus ojos, para intentar leer, por ejemplo.
En efecto, el Dr. Fulton comprobó que si Walter cerraba los ojos, el ruido iba
poco a poco desapareciendo, pero al abrirlos, el ruido aumentaba en intensidad.
Lo que sucedía era la evidencia que hacía falta para confirmar las hipótesis de
otros investigadores, quienes aseguraban que el flujo sanguíneo en algunas
zonas del cerebro cambiaba con la actividad mental. Eso es lo que parecía
sucederle a Walter. Al intentar leer, el flujo sanguíneo en su córtex visual
aumentaba, originando así el ruido en su cabeza al pasar por los vasos sanguíneos
malformados. Al cesar en esta actividad, el flujo sanguíneo disminuía, y con
ello también el ruido.
El caso de Walter confirmó la hipótesis
de que la actividad cerebral va asociada con un aumento del flujo sanguíneo en
la región del cerebro involucrada en esa actividad. A partir de esta
observación, y gracias al aumento de conocimiento en muchas otras áreas
de la ciencia y al desarrollo de nuevas tecnologías, hoy disponemos de un procedimiento que permite
explorar las regiones del cerebro que se activan al efectuar diferentes
actividades. Este procedimiento se denomina Tomografía por Emisión de
Positrones y, como todo en ciencia, su fundamento es muy sencillo. Se trata de
un procedimiento que usa ciertos trucos para, simplemente, medir el flujo
sanguíneo en distintas zonas del cerebro. Para ello, se inyecta en la sangre del
sujeto bajo estudio agua radioactiva. El agua radioactiva que se usa aquí
contiene un átomo de oxígeno que va a desintegrarse emitiendo un positrón, una
partícula de antimateria correspondiente al electrón. El positrón emitido y un
electrón del cuerpo se aniquilan mutuamente y emiten una radiación que puede
detectarse con una cámara especial. Por supuesto, cuanto más agua radioactiva
haya en un sitio determinado del cerebro, es decir, cuanta mayor sangre pase
por ahí, mayor será el número de desintegraciones y mayor la radiación emitida.
Puesto que, como hemos dicho, el flujo sanguíneo aumenta con la actividad de
las zonas del cerebro involucradas en esa actividad, será en esas zonas donde
haya mayor número de desintegraciones y, por tanto, mayor intensidad de
radiación, que la cámara detectará. Digamos, para terminar, que la cantidad de
radiactividad involucrada no es excesivamente perjudicial para el paciente o sujeto, ya que desaparece en tan solo diez minutos.
Este procedimiento ha sido utilizado
recientemente por un equipo internacional compuesto por investigadores suecos y
canadienses. Estos investigadores han conseguido demostrar que las partes del
cerebro que se activan al memorizar una correspondencia de palabras y sonidos
dada son las mismas zonas que las que se activan al
intentar recordar lo que se ha aprendido. En otras palabras, los resultados de
esos estudios parecen indicar que, en el proceso de almacenaje de información,
se activan unas zonas del cerebro que luego es necesario reactivar para extraer
esa información. La evocación de los recuerdos pone en marcha de nuevo lo que
la experiencia activó. En cualquier caso, ojala que esta lectura les haya
activado las zonas cerebrales del conocimiento y del divertimento y que eso les
dure, por lo menos, hasta que enciendan la televisión.
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