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¿Contaminación medioambiental? Inquietantes mutaciones que afectan al
desarrollo de las extremidades posteriores de los anfibios (izquierda) han sido
observadas en la naturaleza, quizás debidas al efecto de la contaminación
medioambiental. Los científicos estudian los genes que pueden afectar al número
de extremidades en los insectos y han conseguido manipular dos de esos genes en
el escarabajo de la harina. Se modifica, de ese modo, el número de patas
desarrolladas por el animal, cuyas formas normal (superior derecha) y mutada
(inferior derecha) se muestran aquí.
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Rara vez nos hacemos la pregunta de por qué tenemos dos brazos, en lugar de tres o
cuatro, y por qué cinco dedos, en lugar de sólo uno. Quizá algunos se la hayan
formulado al ver una de esas películas de ciencia–ficción que muestran
monstruos extra-galácticos de formas imposiblemente horrendas, que amenazan con
el Fin del Mundo, una vez más. Pero los científicos tienen la mala costumbre de
plantearse preguntas así de extrañas y, lo que es peor, de intentar
responderlas e, incluso, a veces, de conseguirlo. Poco a poco, la ciencia está
descubriendo qué es lo que determina la estructura y la forma de los cuerpos de
los animales, entre ellos del nuestro. Como no podría ser de otra manera, es la
Biología y la Genética Molecular las que nos están proporcionando las claves de
la respuesta.
Hace ya años que
estas preguntas estaban en la mente de los biólogos y genéticos moleculares.
Por ejemplo, un viejo artículo publicado en la revista científica humorística The Journal of Irreproducible Results (El
Diario de Resultados Irreproducibles) hacía mención a los avances en
genética molecular que nos esperaban en el futuro. Entre ellos, el autor
especulaba con la creación de especies mejoradas, como pollos que tuvieran seis
u ocho muslos, lo que evitaría las peleas familiares a la hora de la cena, ya
que, como es bien sabido, todos preferimos comernos uno, o mejor dos, muslos si
tenemos ocasión.
La realidad se
encarga, como tantas veces, de superar la ficción. No hace mucho tiempo se
descubrieron en los Estados Unidos malformaciones anatómicas en ciertas ranas
silvestres que tenían aumentado el número de extremidades posteriores (ver
figura). Los animales mostraban tres o cuatro patas, o partes de ellas. Lo peor
era que estas deformidades no parecían ser el resultado de un experimento para
abaratar la sopa de ancas, sino que todo apuntaba a algún efecto de la
contaminación medioambiental sobre el desarrollo morfológico (de la forma) de
esos animales. El hallazgo, por supuesto, causó cierta preocupación, ya que
estas malformaciones en los anfibios podían augurar malformaciones en animales
que pueden sernos más queridos: nuestros propios hijos. De momento, nada de
esto se ha producido, aunque sigue sin saberse a ciencia cierta la razón de las
malformaciones tan llamativas en las extremidades de los anfibios. De lo que no
parece caber duda es de que las deformaciones son causadas por mutaciones en
los genes que controlan la forma del cuerpo de los animales.
Pero, ¿qué
determina la forma de nuestros cuerpos? ¿Por qué tenemos dos piernas y no tres?
Para comprender esto, debemos tener presente que nuestros cuerpos son como un
gigantesco juego infantil de construcción, y están constituidos por miles de
millones de piezas diferentes: nuestras células. Al igual que un juego de
construcción consta de piezas de diferentes formas y tamaños, diseñadas para
formar diferentes estructuras –puertas, ventanas, almenas y torreones–,
nuestros cuerpos también poseen diferentes clases de piezas celulares:
neuronas, células musculares, de la piel, del riñón, del hígado… Entre otras,
una de las diferencias entre nuestro cuerpo y un juego de construcción, claro
está, es que las piezas del juego de construcción están diseñadas por alguien,
para construir algo siguiendo las instrucciones incluidas en un manual que
alguien tiene que leer, comprender e implementar. Nuestras diferentes células,
sin embargo, parecen diseñarse solas. De una sola célula formada por la unión
de un óvulo y de un espermatozoide se desarrollan, diferencian, como se dice en
lenguaje científico, todas las demás dentro del útero materno. ¿Cómo sucede
esto? Es uno de los temas que, en sus detalles, la ciencia no ha resuelto aún
completamente, aunque sí en lo fundamental. Sabemos que las células poseen sus
propias instrucciones de diseño, contenidas en el ADN de sus genes, y también
sabemos que las instrucciones que cada célula lee le indican que debe
comunicarse con sus vecinas y mandarles a su vez instrucciones de
comportamiento. Las células se comunican molecularmente unas con otras, se
organizan, y cada una decide, literalmente, qué va a ser de mayor, si célula
del cerebro o célula de la piel, por ejemplo, y esto sin entrar en conflicto
con sus compañeras. Cada célula asume un papel, como si de actores de una obra
de teatro se tratara, actores que se pusieran de acuerdo para representar la
obra (el cuerpo de un animal) siguiendo un guión que cada uno llevara escrito
dentro.
Los científicos
han comenzado a descubrir cuáles son los genes que participan en la
arquitectura del cuerpo animal. Para ello, han utilizado animales simples,
sobre todo insectos y gusanos. Así, han empezado a catalogar los genes que
controlan la morfología, la anatomía, de los animales. En un estudio reciente,
el Dr. Lewis y sus colegas, de la Universidad de Wisconsin, en los EE.UU. han
descubierto el funcionamiento de dos genes que controlan el número de patas del
escarabajo rojo de la harina. Modificando esos genes han sido capaces de
aumentar, en efecto, el número de patas de ese animal (ver figura).
Aunque la identidad
genética entre los insectos y los animales superiores, entre los que me atrevo
a incluir al ser humano, es mayor de la que nos gustaría, queda mucho camino
por andar para descubrir qué genes son los encargados de controlar el número de
muslos de un pollo. Sin embargo, no me cabe duda de que, ya que es cuestión de
patas, todo se andará y la ciencia descubrirá también ese secreto. Los avances
en la obtención de secuencias de los genomas enteros de diversos animales y su
comparación entre sí nos permitirán, por ejemplo, averiguar por qué un gato y un
tigre son tan parecidos en su morfología y tan diferentes en su talla, así como
otros secretos de la morfología animal. Sin embargo, dadas las implicaciones
que estos trabajos pueden tener para el futuro de la Humanidad, creo que habrá
que avanzar con cautela, no vayamos a meter la pata, o, en este caso, las
patas.
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