Aunque
sólo sea por haber trabajado durante más de ocho años
como investigador y revisor de solicitudes de investigación clínica en la
División de Anticuerpos Monoclonales de la Food
and Drug Administration estadounidense, debo escribir solo fueran unas
palabras sobre los anticuerpos monoclonales. Pero además de las razones
sentimentales, existen razones científicas, porque estas maravillosas moléculas
no han cedido aún todos sus secretos.
Los anticuerpos son proteínas producidas
por el tipo de glóbulos blancos de la sangre denominados linfocitos B. Tenemos
millones de estos circulando por nuestro cuerpo, y cada uno es capaz de
producir un anticuerpo diferente. Que lo produzcan o no depende de que el
linfocito se active, es decir, se encuentre con una sustancia, denominada
antígeno, que le induzca a crecer y a multiplicarse, y a producir anticuerpos
contra ella. En este caso, el linfocito se autoclona, o sea, produce copias
idénticas de sí mismo, todas produciendo, a su vez, moléculas de anticuerpo
idénticas, dirigidas a neutralizar al mismo antígeno. Todos los linfocitos de
la sangre capaces de reaccionar contra distintas partes de la molécula de
antígeno producirán sus propios clones, que fabricarán anticuerpos ligeramente
diferentes contra distintas partes del antígeno. Estos anticuerpos, procedentes
de muchos clones de linfocitos diferentes, se denominan policlonales.
Es interesante, por muchas razones, poder
disponer de un solo linfocito que produzca un solo clon, y un solo anticuerpo,
por ejemplo el que más eficazmente luche contra el antígeno. Sin embargo, los
linfocitos B normales mueren tras un tiempo relativamente corto. No se pueden,
pues, cultivar en el laboratorio, manteniéndolos indefinidamente con vida para
recuperar los anticuerpos que producen. Es imposible, por tanto, inyectar un
antígeno a un animal, por ejemplo una bacteria patógena, recuperar uno de sus
linfocitos B y reproducirlo miles de millones de veces en frascos de cultivo y
que produzcan así grandes cantidades de anticuerpo para su uso clínico. Esto es
lo que llamaríamos un anticuerpo monoclonal, y este año se cumple el vigésimo
quinto aniversario de la obtención del primero. Sus creadores, los científicos
César Milstein y George Kohler, recibieron el premio Nobel por este logro.
Desde que la producción de estas moléculas fue posible, los anticuerpos
monoclonales han sido herramientas muy importantes tanto en la diagnosis como
en la terapia de muchas enfermedades, entre ellas el cáncer.
Pero, ¿cómo consiguieron esos dos
científicos crear el primer anticuerpo monoclonal? Existe un tipo de cáncer de
las células inmunes, el mieloma, que se caracteriza por que una célula
productora de anticuerpos se ha convertido en tumoral y se reproduce sin
descanso, fabricando una gran cantidad de anticuerpo. Como la célula es
tumoral, no muere en un frasco de cultivo, y se puede usar para reproducirla y
fabricar cantidades ilimitadas del anticuerpo que produce. Desgraciadamente, el
problema es que no sabemos contra qué antígeno va dirigido ese anticuerpo, ya
que las células tumorales surgen al azar de entre todos los linfocitos,
activados o no, por lo que cultivarlas sumidos en ese tipo de ignorancia no
tiene utilidad alguna. ¿No sería fantástico disponer de una célula tumoral que
produjera un anticuerpo contra el antígeno que nosotros queramos?
Lo que Misltein y Kohler hicieron fue
fusionar una célula de mieloma con un linfocito B activado contra el antígeno
que ellos habían elegido. De la fusión celular surgió una nueva célula, mezcla
de las dos anteriores, que nunca antes la Naturaleza había visto. Esta nueva
célula fusionada tenía la propiedad de ser inmortal, como la célula tumoral,
pero también la de producir anticuerpos contra el antígeno de elección. La
célula podía cultivarse en el laboratorio indefinidamente. Se abrió así la
llave a la producción de enormes cantidades de anticuerpos idénticos,
monoclonales, dirigidos contra antígenos de interés clínico, entre ellos los
antígenos tumorales. La manera en que se hace esto es inyectar a un animal, en
general, un ratón, células tumorales humanas, aislar sus linfocitos y
fusionarlos con una célula de mieloma. Las células fusionadas productoras de
los mejores anticuerpos contra el tumor son seleccionadas para su cultivo.
Pero, ¿cómo funcionan los anticuerpos?
Los anticuerpos son moléculas en forma de Y que constan de dos partes
fundamentales: la parte que se une al antígeno, la cual se encuentra en los
brazos de la Y, y otra parte, denominada Fc, de la que existen varias clases,
que cumple la función de unirse a moléculas o células del sistema inmune
especializadas en destruir a los antígenos. Estas moléculas o células no pueden
actuar contra el antígeno a menos que un anticuerpo lo haya descubierto antes
rondando por ahí. La parte que se une al antígeno es diferente para cada
anticuerpo, pero el resto de la molécula es común para todos.
La Food
and Drug Administration ha concedido su autorización a la puesta en el
mercado de varios anticuerpos monoclonales para el diagnóstico o el tratamiento
del cáncer. El más reciente, denominado, Trastuzumab
(vaya nombrecito), se dirige contra una molécula presente en la superficie
de las células de cáncer de mama. Esta molécula es responsable de enviar al
interior de las células tumorales señales que las inducen a crecer. El
anticuerpo se une a esta molécula e impide que esta envié dichas señales,
retrasando, aunque no bloqueando completamente, el crecimiento tumoral. En este
caso, la parte Fc del anticuerpo no parece ejercer ningún efecto antitumoral.
De hecho, hasta hace poco se pensaba que
el efecto antitumoral de los anticuerpos se debía exclusivamente a su región de
unión con el antígeno, pero no a su región Fc, que no funcionaba en el entorno
tumoral. Datos recientes, sin embargo, indican que la región Fc puede también desempeñar
un papel antitumoral importante al atraer células destructoras. Las distintas
clases de Fc no poseen la misma capacidad para atraer a las células
destructivas. Desgraciadamente, hasta la fecha se ha dedicado un gran esfuerzo
en mejorar la parte de los anticuerpos que se une al antígeno, pero se ha
“olvidado” o incluso suprimido, la parte Fc. El nuevo descubrimiento de su
importancia antitumoral abre pues nuevas perspectivas para la producción de
anticuerpos antitumorales más activos que, además de unirse muy específicamente
a las células cancerosas, dejando en paz a las normales, induzcan su
destrucción más eficazmente. A pesar de que ya tienen veinticinco años, el uso
de los anticuerpos monoclonales en la Medicina parece tener un futuro
esperanzador para todos.
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