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martes, 16 de mayo de 2000

Guerra científica a los mosquitos



Con la llegada del calor, llegan también los mosquitos. Nunca he podido volver a conciliar el sueño en las noches de verano después de que un mosquito trompetero ha sobrevolado una de mis orejas, despertándome. Desde que estudié, de muy pequeño, que el mosquito Anófeles podía ser portador de la malaria, siempre me han puesto muy nervioso esos hipodérmicos insectos. Me decían en el cole que el mosquito Anófeles no vivía en España, sino en África. Pero, ¿y si alguno se colaba volando sobre el Estrecho, como hacen ahora miles de desgraciados inmigrantes a quienes a veces tratamos injustamente como si fueran lepidópteros?
Afortunadamente, la ciencia también nos está ayudando a comprender qué es lo que incita al mosquito a atacar a sus víctimas. Desde hace décadas se ha estudiado qué sustancias biológicas atraen a los mosquitos. Se sabe que el dióxido de carbono, exhalado por los animales y el hombre en la respiración, es un atrayente de esos insectos. Pero el dióxido de carbono no lo explica todo. No explica, por ejemplo, por qué los mosquitos no nos pican, en general, en los labios. Tampoco explica por qué algunas personas tienen que dormir prácticamente sumergidas en repelente de mosquitos para evitar ser desangrados por las hembras de esos insectos, que necesitan la sangre para la maduración de los huevos.
Al final de los años sesenta se descubrió que el ácido láctico, una sustancia procedente de la degradación catabólica del azúcar para extraer energía, y que emana de la piel de todos los humanos, actuaba como atrayente de mosquitos. En la actualidad, los científicos siguen investigando y tratan de descubrir otras sustancias que expliquen las diferencias individuales que hacen a ciertos individuos mucho más apetecibles que otros para esos dípteros.
Hasta no hace mucho, estudiar si cierta sustancia actuaba como atrayente o repelente necesitaba de un o una valiente que se atreviera a meter la impregnada piel de su brazo en una caja llena de hembras de mosquito sedientas de sangre. Afortunadamente, tras numerosos picotazos, los científicos aprendieron por fin que cuando una persona toca vidrio, un residuo que incluye atrayentes de mosquito se transfiere desde la piel a su superficie. Así que en lugar de un brazo vivo y sensible, los científicos pasaron a usar en sus investigaciones placas de vidrio tocadas por voluntarios que ya no necesitan ser tan valientes.
Supongamos que una placa acariciada por algún voluntario vuelve realmente locas a las hembras trompeteras. ¿Cómo podemos estudiar qué sustancias son las que esa persona ha depositado sobre el vidrio? El Equipo del Dr. Bernier, del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, dio con la solución. Bastaba con sustituir las placas por minúsculas bolitas de vidrio, bolitas que debían ser manoseadas durante varios minutos. Los investigadores podían entonces analizar las sustancias adheridas a las bolitas de vidrio en un sofisticado instrumento compuesto por un cromatógrafo de gases y un espectrómetro de masas. Este instrumento es capaz, primero, de separar las sustancias de acuerdo a su volatilidad, tras lo cual puede analizar la estructura molecular de cada una de ellas descubriéndose así su naturaleza química.
Esta técnica, sin embargo, no es capaz de detectar las sustancias más volátiles, que nunca son retenidas un tiempo suficiente por las bolitas de vidrio. Además, muchas moléculas solubles en agua que pueden ser también atrayentes de mosquitos no son adheridas a la superficie de las perlitas de vidrio, ya que estas prefieren retener a sustancias más aceitosas. Para solucionar estos problemas, de nuevo se requiere el brazo de un voluntario. En este caso se envuelve el brazo, no en una nube de mosquitos, sino en una bolsa de plástico, que mantendrá en su interior las sustancias volátiles y la humedad necesaria para atrapar a las sustancias solubles emanadas por la piel, que podrán así ser analizadas.
Con estas técnicas, el equipo del Dr. Bernier ha doblado el número de sustancias conocidas que emanan de nuestra piel. Aún así, el Dr. Bernier piensa que existen más de mil sustancias que aún no puede detectar. Habrá que esperar a nuevas y más sofisticadas técnicas. De momento, las sustancias identificadas con las técnicas descritas han sido sometidas a ensayos para determinar su capacidad para atraer a las hembras de mosquito. Se identificaron así tres compuestos que muestran una alta capacidad para atraer a estos insectos, pero, por razones de propiedad intelectual, no se ha revelado aún su naturaleza. Estos compuestos podrían ser utilizados para atraer a las hembras de mosquito a trampas dispuestas en zonas despobladas, lejos de pueblos y ciudades, y evitar así sus picaduras.
En la actualidad, las personas que tenemos la desgracia de atraer a las hembras (de mosquito) tenemos que conformarnos con los repelentes que podemos adquirir en la farmacia. Estos repelentes, a base de una sustancia denominada DEET, son bastante eficaces, aunque no lo son completamente. Pero, además de librarnos de una molestia, la investigación sobre las sustancias que atraen a los mosquitos puede tener un gran impacto en la salud pública. Hace tan sólo unas semanas salía a la luz nueva e inquietante información que indicaba que el mosquito Anófeles, gracias al calentamiento global, estaba empezando a ser capaz de vivir en Europa. Mis temores de escolar no eran, pues, infundados. Para complicar más las cosas, parece que el mosquito común, el de toda la vida, es igualmente capaz de transportar el parásito causante de la malaria, por lo que la cohabitación de estas dos especies de mosquitos podría conducir a una mayor incidencia de esta enfermedad en nuestras latitudes. De qué preocuparse a no ser por la seguridad de que estas y otras investigaciones ayudaran, sin duda, a combatir eficazmente esta plaga.

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