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Partículas
tan energéticas como los rayos cósmicos podrían sin duda atravesar los huesos
del cráneo y dañar a las neuronas
No son infrecuentes las películas o relatos de
ciencia-ficción en donde los protagonistas acaban volviéndose locos. La soledad
del espacio y la falta de estímulos normalmente encontrados en la Tierra acaban
por hacer mella en las mentes de los pobres astronautas.
Claro que si nos trasladamos del mundo de la
ciencia-ficción al de la realidad, tal vez muchos consideren una locura enviar
una nave tripulada a Marte. La locura se habría producido ya antes de salir de
la Tierra. Otros, en cambio, defienden que el progreso de la Humanidad ha sido debido
a la locura de unos cuantos soñadores.
Mientras algunos debaten este tema, la
investigación acerca de los potenciales efectos sobre los seres humanos del
largo viaje espacial a Marte continúa, porque lo que sin duda sí resultaría una
completa locura sería embarcarse en una aventura de semejante amplitud sin haber
evaluado sus riesgos lo mejor posible, e intentado idear soluciones para
minimizarlos, ya que eliminarlos es imposible.
Investigadores de la Universidad de California
han explorado recientemente un fenómeno que se sospecha pueda suceder durante
un largo viaje espacial: el llamado “cerebro espacial”. Se trata de la
posibilidad de que, lejos de la protección del campo magnético terrestre, las
partículas altamente energéticas que constituyen los rayos cósmicos y el viento
solar puedan dañar al cerebro y causar problemas cognitivos graves que
impedirían tal vez a los astronautas realizar las complejas y sofisticadas
tareas necesarias para el éxito de la misión.
Recordemos que los rayos cósmicos y el viento
solar están formados por partículas elementales cargadas y partículas alfa
(núcleos de helio) emitidas a altas velocidades por el Sol y las estrellas.
Estas partículas son similares a las partículas radiactivas emitidas en las
reacciones nucleares, lo que no es de extrañar cuando consideramos que las estrellas
son también poderosísimos reactores nucleares. Sin embargo, la energía que poseen,
en general, es muy superior a la energía de las partículas radiactivas
producidas en la Tierra.
Por consiguiente, los rayos cósmicos tienen un
alto poder de penetración y son capaces de comunicar su energía cuando
colisionan con otras partículas. Un fenómeno espectacular en el que se puede
observar esta transferencia de energía a simple vista lo constituyen las
auroras australes y boreales. Desviadas en su trayectoria por el campo
magnético de la Tierra, las partículas de rayos cósmicos se concentran en los
polos magnéticos del planeta, donde al colisionar con las moléculas de aire
atmosférico, les transfieren parte de su energía, la cual finalmente es
transformada en luz de diferentes colores, aunque predomina el verde.
Daño neuronal
Partículas tan energéticas como los rayos
cósmicos podrían sin duda atravesar los huesos del cráneo y dañar a las
neuronas, causándoles mutaciones génicas que podrían afectar a su comportamiento
y a su supervivencia. Esto podría conducir a diversas complicaciones
neurológicas y cognitivas, entre las que se encuentran la pérdida de memoria y de
habilidades intelectuales, desorientación, depresión, ansiedad, y dificultades
en la toma de decisiones.
Para estudiar la probabilidad de que esto
suceda en un largo trayecto espacial, los investigadores exponen a ratones de
laboratorio a partículas ionizantes similares a las de los rayos cósmicos y
viento solar por un tiempo equivalente al que supondría un viaje a Marte para
la vida de estos animales. Los hallazgos, publicados en la revista Scientific Reports, no son buenas
noticias para los esforzados astronautas que se aventuren a viajar hasta Marte,
incluso si son tan valientes como para no desear volver a la Tierra. Seis meses
tras la exposición de los ratones a las partículas energéticas, los cerebros de
estos animales aún mostraban signos de inflamación, es decir, de una respuesta
inmunitaria probablemente inducida por células cerebrales dañadas o muertas que
deben ser eliminadas.
Los cerebros de los ratones fueron también
analizados mediante técnicas de imagen cerebral, las cuales revelaron que sus
neuronas mostraban menos dendritas que las neuronas de ratones que no habían
sido expuestos a radiaciones. Un menor número de dendritas, supone un menor
número de conexiones entre las neuronas, y recordemos que es en la estructura y
funcionamiento de estas conexiones donde residen las capacidades cognitivas,
incluida la memoria.
De hecho, pruebas cognitivas realizadas a
estos ratones revelaron que, en efecto, poseían capacidades inferiores a los
ratones no expuestos a radiaciones, tanto en lo que se refiere a memoria de lo
ya aprendido, como a su capacidad de aprendizaje. Además, los investigadores
descubren que una de las capacidades cognitivas más afectadas por la exposición
a las partículas energéticas es la capacidad de extinguir el miedo. Esta
capacidad permite a animales y humanos olvidar el miedo que algo ha podido
causarnos y poder volver a atrevernos a realizar la actividad que lo originó.
De este modo, las personas pueden volver a disfrutar de un baño y de la
natación incluso cuando en el pasado pudieron estar a punto de morir ahogadas.
Ni que decir tiene que, en el espacio
exterior, la capacidad de extinguir el miedo puede ser absolutamente necesaria
para permitir el funcionamiento normal a cualquier persona en un entorno tan
estresante. La incapacidad para extinguir el miedo puede conducir a un aumento
progresivo de la ansiedad, lo que puede ser muy problemático en un viaje a
Marte, de alrededor de tres años de duración.
Estos estudios indican que, si la Humanidad
cuenta tal vez con la tecnología mecánica y electrónica para poner un pie en la
superficie de Marte, probablemente carezca todavía de la tecnología médica y
biológica necesaria para impedir que los astronautas que se atrevan a esa loca
aventura pierdan la cabeza, esta vez no en sentido figurado, sino en la negra
realidad del espacio exterior.
Referencia: Vipan K. Parihar et
al. Cosmic radiation exposure and persistent cognitive dysfunction.
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