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martes, 2 de enero de 2001

El peligro químico



Frente a desgracias sanitarias que reciben quizás excesiva publicidad, pocos están al tanto de otros peligros para la salud humana que pueden resultar mucho más graves que la locura vacuna, la salmonela o la legionela. En particular, pero hablando de una manera general, me gustaría analizar hoy el peligro químico.
De la contaminación por productos químicos, insecticidas, herbicidas, pesticidas demás “cidas” no escapa ya nadie en el planeta, si acaso algún microorganismo congelado bajo uno o dos kilómetros de hielo en la Antártida. Los efectos de estos compuestos químicos parecen dejar su huella. Es bien conocido que las nubes en muchas partes del planeta transportan pesticidas, además de agua. Algunas especies de peces que pueden convertirse de machos en hembras o viceversa, aunque nunca son las dos cosas a la vez (la vida no es tan divertida para nadie), han cambiado la frecuencia natural con que mudan de sexo. Algo similar, por otra parte, también puede haber sucedido en la especie humana. Los caimanes de Florida parecen tener penes cada vez más pequeños (no hay estudios sobre este fenómeno en el hombre, pero probablemente en España no tenemos ese problema, a juzgar por lo que comentan los hombres, aunque si preguntáramos a las mujeres. . . ).
Sin saber a ciencia cierta las causas de estos fenómenos, aparentemente no relacionados, dado el aumento de contaminación del planeta, muchos se preguntan si no serán debidos a la dispersión por el entorno de sustancias químicas peligrosas que quizá estén modificando la vida sobre la Tierra.
El inventario europeo de sustancias químicas comerciales cuenta con 100.195 nombres. Más de 30.000 de estas substancias son producidas en cantidades superiores a 10 toneladas por año. Las substancias producidas en cantidades superiores a 1.000 toneladas/año son 2.465 en Europa y 2.588 en los Estados Unidos. Estas son las denominadas HPV (del inglés High Production Volume, alto volumen de producción). En general, estas moléculas acaban en el medio ambiente sin que se sepa prácticamente nada de los efectos que puedan causar.
En 1997, una organización no gubernamental americana en defensa del medio ambiente elaboró un informe en el que especificaba que tan sólo el 7% de las 2.588 substancias HPV habían sido estudiadas exhaustivamente. El 50% había sido objeto de estudios parciales y el 43% restante no había sido objeto de estudio alguno. De las substancias producidas en menor cantidad se sabe menos aún, pero es igualmente probable que entre ellas se hallen substancias muy nocivas.
Si la investigación dedicada a la adquisición de nuevos conocimientos y tecnologías parece mal financiada, peor lo es la investigación sobre los efectos nocivos de substancias químicas, sobre todo si muchas pueden acabar en basureros químicos de países del Tercer Mundo.
A partir de 1993, la Unión Europea ha intentado organizarse para prevenir una posible catástrofe debida al empleo sin control ni conocimiento de algunas substancias químicas. Cada año se elabora una lista de 30 substancias HPV que se seleccionan debido a la fuerte sospecha de su capacidad nociva. Esta lista se propone a los estados miembros que eligen de común acuerdo las moléculas que van a estudiar. Sin embargo, sólo Holanda y Alemania poseen laboratorios bien equipados para realizar los estudios necesarios. Y si ni siquiera Francia o Gran Bretaña parecen estar a la altura de las circunstancias, mejor no hablar de nuestro país.
Debido a la falta de medios, la Unión Europea se ha visto obligada a suspender el programa algunos años. Así, desde su comienzo, los resultados son pobres. De las 2.465 substancias HPV producidas en Europa, sólo 120 han sido seleccionadas para su estudio, pero sólo se han estudiado a 31, algo menos del 1,26%.
La situación es, por consiguiente, grave, no tanto desde el punto de vista sanitario, como también del político, que es el punto de vista que mayor impacto sanitario puede acabar por tener. No hay duda de que, dado el número de substancias producidas, estadísticamente algunas serán potentes mutágenos y carcinógenos. Si sólo el 0,1% de las 30.000 moléculas producidas en mayor cantidad, lo fuera, tendríamos 30 moléculas peligrosas que serían vertidas al entorno cada año en cantidades de al menos 10 toneladas.
De hecho, estudios epidemiológicos en Francia indican una elevación del 67% de los casos de linfoma y un aumento del 46% de tumores cerebrales en los últimos 10 años. Estos datos apuntan a cambios en el medio ambiente como responsables de los mismos, probablemente substancias químicas producidas por el hombre, aunque nadie sepa cuáles son las responsables.
La peor situación posible es cuando substancias químicas nocivas aparecen en el gran mercado, como el mercado de productos de limpieza. Es el caso de los éteres de glicol. Aunque su capacidad carcinogénica no ha sido demostrada, sí son substancias irritantes para las vías respiratorias.
Otros productos preocupantes son los que pueden interferir con la acción de nuestras hormonas, substancias maravillosas que nos mantienen, por ejemplo, como machos o hembras constantemente a lo largo de la vida, haciéndola así mucho más divertida para los solteros. Se sabe que algunos productos químicos afectan a las hormonas y, como decíamos al principio, pueden afectar al sexo de los peces o el tamaño del pene del caimán.
La situación actual dista mucho de ser satisfactoria. A pesar de la voluntad de los gobiernos de los países desarrollados, se avanza poco en este tema. Los Estados Unidos, por ejemplo, pretendían analizar sus 2.588 substancias HPV antes del final de 2006 con la ayuda de las empresas químicas que las producen. Cómo esto supone un desembolso de dinero importante, las empresas se resisten a colaborar diciendo que el consumo de alcohol o de tabaco es el causante de muchos más casos de cáncer que las substancias que ellos producen. Casi con seguridad, los estudios no acabarán el año mencionado. Además, para entonces, el número y volumen de substancias químicas producidas en gran cantidad habrá aumentado.
En mi opinión, la solución es difícil. El hombre parece empeñarse en envenenarse voluntaria (drogas, tabaco, etc.) o involuntariamente, consumiendo productos que no importa lo que contengan con tal de que dejen el suelo más limpio, la ropa más blanca o el coche más brillante. Esta actitud puede llevarnos en el futuro a un desastre sanitario de grandes proporciones si no se dedican los recursos oportunos a estudiar las substancias que producimos. Mientras tanto, preocupémonos de enfermedades de escasa incidencia, aunque espectaculares, como la de las vacas locas. Los locos y mal informados no son solo las vacas.

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