El
mal de las vacas locas está de nuevo dando mucho de
qué hablar, por desgracia. En mi opinión, como todo problema derivado del
progreso –progreso que, no lo olvidemos, es demandado por todos, y no impuesto
por los científicos o tecnócratas– es un problema mal comprendido por la gente
de a pie y, por consiguiente, posee los ingredientes necesarios para generar
psicosis.
Alguna vez quizá explique las razones por
las que creo que un cierto grado de psicosis, y otras malformaciones del
espíritu y la razón que siempre nos acompañan, son necesarias, paradójicamente,
para la buena salud de la sociedad, pero hoy, me limitaré a señalar lo obvio. A
diferencia de otros problemas graves, pero asumidos por la sociedad, los
problemas nuevos y más o menos misteriosos tienden a ser considerados como “el
problema del siglo”. Así, el ciudadano medio (y no tan medio) circula por las
carreteras superando sobradamente el límite de velocidad y fumándose el
vigésimo primer cigarrillo, pero huye de la carnicería de vacuno o de los
restaurantes de comida rápida donde sirven hamburguesas, comprensiblemente
preocupado por una salud cerebral que quizás ya no tenga.
El cáncer, el SIDA, los accidentes de
tráfico y las enfermedades y muertes causadas por el consumo de tabaco son
problemas actuales, y probablemente también futuros, de una magnitud muy
superior al problema de las vacas locas. Pero ya no nos preocupan porque son
problemas viejos. Volveremos a hablar de esto más tarde, porque mi intención no
es tranquilizar a nadie, ni sustraerle de su dosis de catastrofismo diario, que
yo también necesito. Mi intención es solo procurar explicar de una manera
sencilla qué es y cómo funciona el agente que causa la enfermedad de las vacas
locas.
Lo más novedoso y llamativo de esta
enfermedad infecciosa es que no está causada ni por una bacteria ni por un
virus. Es bien sabido que las enfermedades infecciosas están causadas por
parásitos que utilizan el organismo al que atacan para reproducirse, causándole
así la enfermedad. Estos parásitos son generalmente organismos microscópicos
que poseen su propio conjunto de genes, genes que contienen las instrucciones
necesarias para su crecimiento y reproducción. Pero no es este tipo de
microorganismo el que causa la enfermedad de las vacas locas. En este caso, el
agente infeccioso es una sola molécula de proteína que animales y humanos
poseemos en nuestro cuerpo, y que como todas las proteínas, está producida
siguiendo las instrucciones de nuestros propios genes. Esto sí es una sorpresa,
porque es la proteína infecciosa, sin genes adicionales, la que pasa de unos
individuos a otros y se reproduce en su interior causando la enfermedad. Y la
pregunta que nos hacemos es ¿cómo una proteína sin genes, es decir, sin
instrucciones para reproducirse, puede hacerlo de todos modos y causar así una
enfermedad infecciosa?
Para comprender esto, haremos uso de
nuevo de la analogía entre la célula y el motor de automóvil. Ambos poseen un
número elevado de piezas que guardan una determinada relación funcional entre
ellas. Por ejemplo, un tornillo o una biela tienen una determinada forma que
guarda relación con las piezas con las que se conectan para que el motor
funcione. Lo mismo sucede con las piezas del funcionamiento celular, la mayoría
de las cuales son proteínas. Claro, las piezas del motor han sido diseñadas por
un equipo de ingenieros y técnicos, que han elaborado unos planos e
instrucciones de montaje. Aunque sería largo de explicar, la célula no ha sido
diseñada, sino que es resultado de la evolución de la materia viva. A lo largo
de esa evolución, la célula ha adquirido también planos e instrucciones de
montaje contenidas en los genes celulares. Son esos genes los que poseen las
instrucciones para la fabricación de las piezas del motor celular y para el
correcto ensamblado de unas con otras.
Es de todos conocido que si una pieza del
motor se rompe, o simplemente se deforma, el motor puede dejar de funcionar. Lo
mismo sucede con las células, las cuales, en este caso, pueden morir si una de
sus piezas no funciona bien.
Imaginemos ahora una pequeña tuerca del
motor que se ha deformado, o ha sido mal fabricada debido a un error en las
instrucciones. No tiene, de momento, gran importancia. El motor aún funciona.
Sin embargo, la deformación de esta tuerca tiene en este caso particular una
curiosa consecuencia. Debido a que la tuerca no está sola flotando en el vacío,
sino conectada a las demás piezas del motor, por su deformación particular, de
alguna forma es capaz de transmitir esta deformación a las tuercas vecinas. Estas,
a su vez, se deforman e inducen a otras a deformarse. Cuando un número
suficiente de tuercas se ha deformado, el motor deja de funcionar. Un simple
fallo en una sola tuerca ha generado una reacción en cadena conducente al fallo
total del motor.
Algo similar ocurre con el agente que
causa la enfermedad de las vacas locas. Una proteína, una pieza del motor
celular, está deformada, debido a un fallo en las instrucciones para su
fabricación, y esta deformación es capaz de causar la deformación de todas las
piezas idénticas a ella, incluso si han sido anteriormente bien fabricadas. Una
sola molécula deformada causa la deformación de las demás y la muerte celular.
Las células que mueren liberan la proteína deformada al exterior y la dejan
disponible para deformar las proteínas de las células vecinas, que acaban
también muriendo. La proteína que, una vez deformada, es capaz de deformar a
las vecinas y matar a las células se encuentra principalmente en el cerebro, y
por ello es en ese órgano (actualmente casi ya sin importancia) donde se
manifiesta la enfermedad. En los sitios donde hay células, al morir estas,
acabará por haber agujeros, similares a los de una esponja. De ahí que se
denomine a la enfermedad encefalopatía (“encéfalo” significa cabeza y “patía”,
enfermedad) espongiforme bovina.
A este tipo de proteínas que una vez
deformadas son capaces de deformar a las demás de su clase, se les denomina
priones. Y son infecciosos porque, aun sin ADN intermediario, también se
reproducen. Pero ¿qué es lo que causa la primera deformación? Pues lo mismo que
puede causar una deformación en cualquier proteína: un cambio, una mutación, en
el gen que la produce. En este caso, una mutación aparecida por azar solo en un
gen de una sola célula cerebral puede tener catastróficas consecuencias.
Lo extraordinario sucede cuando un
animal, o usted, ingiere la proteína deformada procedente de un animal enfermo.
El prión de las vacas locas es muy resistente a la digestión y pasa a la sangre
sin ser destruido por los ácidos y encimas de nuestro estómago. Mucho menos es
destruido por el estómago de un rumiante como la vaca, animal estrictamente
herbívoro al que el hombre ha obligado a comer carne en forma de harina para
abaratar los costes. Aunque nuestros genes sean perfectos, el prión ingerido va
a circular por nuestra sangre, llegar al cerebro y causar la deformación de
nuestros priones sanos que serán así convertidos en infecciosos.
Pero ¿cuán infeccioso es el prión loco?
No lo sabemos a ciencia cierta, pero parece que bastante. Sin embargo, no
parece que sea tan infeccioso como el virus del SIDA, por ejemplo. Puesto que
todos comemos carne, es probable que, en Europa, más personas han podido estar
expuestas al prión que al virus del SIDA, ya que no todos nos drogamos por vía
intravenosa o somos sexualmente promiscuos. Se han declarado 91 casos de
enfermedad de las vacas locas en el ser humano, pero decenas de miles de casos
de SIDA.
Aunque desconocemos la extensión
definitiva de la epidemia, parece probable que sea mucho menor que la de SIDA,
tenga menor impacto que los accidentes de tráfico e infinitamente menor que las
enfermedades debidas al consumo del tabaco. Por esta razón, no coma usted
ternera, es mala para su salud, pero continúe fumando y haciendo fumar a los
que no tienen más remedio que compartir el espacio con usted. Sin duda, así no
morirá usted del mal de las vacas locas, ni probablemente tampoco los que le
rodean.
Buenas, gracias por publicar este artículo, me encanto.
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