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Una sola
“letra” del ADN puede separar una vida normal de una vida de automutilaciones y
horror
Aún recuerdo cuando aprendí mi primera
enfermedad genética, o al menos la que más me impactó de las que se describían
en la asignatura de Bioquímica, en cuarto curso de licenciatura, allá por 1980, impartida
por el profesor Francisco Grande Covián. Se trata del llamado síndrome de
Lesch-Nyham, causado por un defecto en el gen que produce el enzima con el
bonito, aunque larguísimo y complicado, nombre de hipoxantina-guanina fosforribosiltransferasa
(HPGRT).
Esta rara enfermedad genética (solo 1 caso
cada 380.000 nacimientos) se origina porque la falta del enzima mencionado, o
su mal funcionamiento, genera un defecto en el metabolismo de los ácidos
nucleicos que, entre otras cosas, conduce a una acumulación de ácido úrico en
la sangre y los órganos. Además de causar gota y problemas renales, ya en el
primer año de vida, la acumulación de ácido úrico también produce complicaciones
neurológicas. Estas conducen a problemas de comportamiento severo con solo dos
años de edad, los cuales incluyen autoagresiones y automutilaciones, en
particular por morderse con fuerza labios y dedos. La mayoría de las personas
con esta enfermedad acarrean serios problemas mentales y físicos durante toda
su normalmente corta vida. Esta enfermedad genética sigue sin tener cura,
aunque algunos tratamientos logran aliviarla.
Los síntomas de este síndrome son impactantes,
pero lo más impactante para mí resultó aprender que todos estos problemas
pueden derivarse de un solo cambio de una única “letra” en el ADN del gen que
produce el enzima HPGRT. Una sola “letra” del ADN puede separar una vida normal
de una vida de automutilaciones y horror. Y una sola letra, no ya una sola
palabra, bastará para sanarnos. Disculpe mis escalofríos.
Los incansables avances en biología molecular
y biomedicina han permitido descubrir nuevas e insospechadas enfermedades
genéticas raras. La última de que tengo noticia, la última que, de momento, he
aprendido, es la deficiencia en el gen llamado NGLY1. Este gen, como en el caso anterior, también produce un
enzima. En esta ocasión, la reacción química facilitada (catalizada) por el
mismo no involucra a los ácidos nucleicos, sino a las proteínas una vez se han
formado. Muchas proteínas, para que adquieran la forma tridimensional adecuada
que les permita desempeñar su función en el interior de la célula, necesitan unir
en su superficie ciertos hidratos de carbono, también llamados glúcidos. Al
mismo tiempo, cuando las proteínas están dañadas o se han formado mal, es
necesario eliminar los glúcidos que previamente se hayan unido a ellas y
reciclarlos. Y bien una de estas reacciones químicas que permiten eliminar los
hidratos de carbono unidos a las proteínas está catalizada por el enzima
generado por el gen NGLY1.
Lloros sin lágrimas
Hace alrededor
de cuatro años se identificaron los primeros niños afectados de esta
enfermedad. Los síntomas que muestran incluyen problemas de desarrollo
cognitivo y motor, bajo tono muscular, mal funcionamiento del hígado y una
notable falta de lágrimas. Los niños lloran, pero no derraman ni una gota.
La secuenciación
del genoma de ocho niños con síntomas similares logró determinar que, como
hemos dicho, esta enfermedad radicaba en mutaciones del gen NGLY1. La ausencia del enzima generado por
este gen impedía el correcto reciclaje de las proteínas y también de los
hidratos de carbono unidos a ellas para su reutilización en otras proteínas
nuevas. Esta falta de reciclaje podría ser, al menos en parte, la responsable
de los síntomas.
Uno de los azúcares
fundamentales para la unión de glúcidos a las proteínas es el llamado N-acetil
glucosamina, un derivado de la glucosa. La unión de hidratos de carbono a las
proteínas para conseguir su completa funcionalidad depende de que la célula
cuente con cantidades suficientes de este azúcar. Por esta razón, la falta de
reciclaje adecuado de los hidratos de carbono en las personas que carecen de un
gen NGLY1 normal podría conducir a
una falta de N-acetil glucosamina celular. La falta de este azúcar tan importante
podría contribuir, por tanto, a los síntomas de la enfermedad, en cuyo caso,
una dieta enriquecida en N-acetil glucosamina podría ser útil para mitigar los
síntomas.
Para comprobar
si esta posibilidad era o no cierta, investigadores de la Universidad de
Cornell, en los EE.UU., generan moscas de laboratorio mutantes en el gen NGLY1, que también se encuentra en estos
organismos. Los investigadores comprueban que las moscas mutadas en este gen
también están enfermas y, de hecho, solo llegan a la edad adulta un 18% de ellas.
A
continuación, los investigadores suplementan el alimento normal de las moscas
con N-acetil glucosamina. En estas condiciones, los investigadores comprueban
que hasta un 70% de las moscas alcanzan la edad adulta, lo que supone haber multiplicado
casi por cuatro el nivel de supervivencia de estos organismos.
Estos estudios
apuntan a que una suplementación de la dieta de los niños afectados de
deficiencia de NGLY1, de los que en
la actualidad se han identificado solo sesenta en todo el mundo, podría
ayudarles a mejorar los síntomas. No sería la primera vez que una enfermedad
genética que afecta al funcionamiento de un enzima puede mitigarse mediante
intervenciones en la alimentación. Sin embargo, los investigadores, con buen sentido,
advierten que los niños no son moscas y que es posible que, aunque la
suplementación alimenticia con N-acetil glucosamina no genere problemas de
toxicidad o efectos secundarios graves, deba ser utilizada con prudencia en los
niños afectados, junto con un seguimiento médico continuado. En todo caso, es
una dulce esperanza la que estos estudios han abierto para la vida de estos
niños afectados por esta rara enfermedad.
Referencia: Chow C et al. (2016 Oct
20). Abstract: Diet rescues lethality in a model of NGLY1 deficiency, a rare
deglycosylation disorder. Presented at the American Society of Human Genetics
2016 Annual Meeting. Vancouver, B.C., Canada.
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