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martes, 19 de septiembre de 2000

El gen del sueño

 
Estoy convencido de que una de las cosas que los descubrimientos de la genética y medicina molecular más miedo nos produce es la sospecha de que pueden existir genes que controlen, o influyan de manera importante, en nuestro comportamiento o que determinen de algún modo nuestra identidad. ¿Existirán genes de la bondad o de la maldad, de las tendencias sexuales o, sobre todo, de la competencia o incompetencia políticas? ¿Hasta qué punto dejan los genes tranquila a la libertad humana? (si es que, a fin de cuentas, existe). Son preguntas filosóficas, terreno, este de la filosofía, que la ciencia cada vez más se empeña en invadir, causando molestias e insomnio a mucha gente. Y ya que hablamos de insomnio, por llevar la contraria, me gustaría hablar hoy de los últimos descubrimientos sobre el sueño.
Todos sabemos que pasamos un tercio de nuestra vida durmiendo. En la mayoría de los casos, es una bendición, porque imagínense el infierno que podría llegar a ser el mundo si ciertos individuos no durmieran nunca. En cualquier caso, los desórdenes del sueño son un problema de salud importante, tanto para los que no duermen como para los que deben soportar su mal humor.
Sin embargo, a pesar de la importancia que el sueño tiene en nuestra vida, aún no se conocen completamente los mecanismos cerebrales que lo controlan. Un descubrimiento reciente realizado por un equipo franco-suizo (no todo lo descubren los americanos, después de todo) nos acerca más a la comprensión definitiva de este fenómeno contra el que nuestra voluntad poco puede.
Lo que este equipo de investigadores ha descubierto es la región de nuestros cerebros donde se encuentra un pequeño grupo de neuronas que controlan el inicio del sueño. Hacía tiempo que se conocía de la existencia de un centro neuronal del sueño, porque ciertos pacientes que habían sufrido lesiones cerebrales en determinadas regiones del cerebro habían perdido la facultad de conciliar el sueño. Si estas lesiones eran reproducidas en animales de laboratorio, tampoco estos podían dormir (a pesar de que en modo alguno tenían las preocupaciones propias de la vida humana moderna).
Pero estas lesiones afectaban a demasiadas neuronas como para determinar cuáles eran las que controlaban el sueño. Un largo, fascinante, trabajo detectivesco ha culminado con la localización precisa del centro del sueño, que tiene el tamaño de una cabeza de alfiler. Sin duda, un tamaño muy pequeño para el poder que ejerce sobre nuestras vidas.
Se ha descubierto igualmente que el centro del sueño se encuentra en relación directa con los centros neuronales que nos mantienen despiertos (mientras escuchamos una conferencia, por ejemplo) y contiene neuronas de forma triangular. La actividad de estas neuronas, que nos induce el sueño, es inhibida por moléculas producidas por las neuronas de los centros de vigilia. Al mismo tiempo, los investigadores han descubierto, mediante sofisticadas técnicas de biología molecular, que las neuronas del sueño producen moléculas neurotrasnmisoras que inhiben la actividad de las neuronas de la vigilia. Así pues tenemos un sistema de sueño y de vigilia que controlan mutuamente sus actividades como un mecanismo de relojería biológica y que controlan también cómo y cuándo pasamos de la vigilia a la modorra y al sueño.
A pesar de estos avances, todavía no se conoce el mecanismo preciso de activación de las neuronas del sueño, investigación en la que el equipo franco-suizo se encuentra inmerso. Se sospecha, sin embargo, que existe una conexión entre el centro del sueño y las neuronas que controlan muchos de nuestros ritmos biológicos. Serían una o varias sustancias producidas por estas neuronas las que activarían el centro del sueño e inhibirían el centro de la vigilia a las horas oportunas.
En relación con el descubrimiento anterior, encontramos otro que explica la narcolepsia, una rara enfermedad del sueño, descrita en 1880 por el médico francés Jean Baptiste Edouard Gélineau, caracterizada por una necesidad imperiosa e incontrolable de dormir que surge cuando uno menos lo espera (con estos síntomas, uno se pregunta si la narcolepsia es una enfermedad no del sueño, sino de ensueño).
El descubrimiento de las causas de la narcolepsia se ha realizado en varias etapas. Un grupo de investigadores estadounidense había conseguido “fabricar” una estirpe de perros narcolépticos. Estos animales, tras jugar por un corto tiempo, se sumen en un sueño repentino y profundo como si hubieran visto el telediario. El estudio de estos animales permitió descubrir que su narcolepsia se debe a una mutación genética. Esta mutación ocurre en el gen responsable de la producción de una proteína presente en la superficie de las neuronas, un receptor. Este receptor permite a las neuronas activarse frente a otras sustancias llamadas hipocretinas (el nombre no tiene nada qué ver con la capacidad de ser hipócrita, que posiblemente no es genética en absoluto).
Sin embargo, el estudio de pacientes narcolépticos no indicó que poseyeran la misma mutación que esos perros. Al contrario, los pacientes parecían tener muy disminuido el número de neuronas que producen hipocretina. Sin hipocretina, el receptor de la misma, presente en la membrana de otras neuronas, no sirve para nada. La hipocretina y su receptor son pues, necesarias para mantener un estado de vigilia continuado.
No se sabe con seguridad qué es lo que causa la desaparición de las neuronas que producen hipocretina en los pacientes narcolépticos. Se sospecha, sin embargo, que su desaparición es debida a un ataque del propio sistema inmune del individuo, que confunde a esas neuronas con cuerpos extraños al propio organismo y las elimina. Investigaciones adicionales son necesarias para acabar de esclarecer estos misterios. En este caso, sin embargo, de una cosa podemos estar seguros: los investigadores no se dormirán en los laureles. Yo, por mi parte, espero que tampoco se hayan dormido leyendo este artículo.

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