
Iniciamos este lunes la Semana de la Ciencia. Esperemos que sirva para elevar un poquito más nuestras conciencias sobre la importancia que la ciencia tiene en el mundo moderno. Pero como esta semana conviene no asustar a nadie con la ciencia, hablaremos hoy de un tema siempre interesante: de hombres y mujeres, de machos y hembras. ¿Acaso hay un tema más interesante que éste? (¿acaso hay otro tema en la vida?, se preguntan incluso algunos y algunas).
Hombres y mujeres tenemos iguales derechos y obligaciones, pero afortunadamente somos diferentes. Afortunadamente, porque nada hay más aburrido que la igualdad suprema, es decir, la identidad. Hombres y mujeres somos iguales, pero, evidentemente, no idénticos.
En cualquier caso, aunque iguales en responsabilidades y derechos, hombres y mujeres somos diferentes no solo en lo físico, sino también en lo emocional y cognitivo. Y no me refiero aquí a la inteligencia (Dios me libre y Watson no lo quiera), sino a un ámbito más global: a cómo hombres y mujeres diferimos a la hora de abordar la vida y sus problemas, y a cómo percibimos la realidad que nos rodea y nos adaptamos a ella.
A nadie se le oculta que, en lo físico, machos y hembras, somos el resultado, en parte, de los efectos bioquímicos de hormonas diferentes. Las hembras producen y se ven sometidas a los efectos de los estrógenos, mientras que los machos producen y sufren los efectos de los andrógenos. Las características propias de cada sexo dependen en buena parte de la acción de estas hormonas, las cuales actúan también sobre el cerebro y condicionan determinados comportamientos, incluido, por supuesto, el comportamiento sexual, pero también la agresividad, más propia de machos que de hembras.
Sin embargo machos y hembras diferimos también en factores genéticos. Como debe ser sabido por todos y todas, los machos de la mayoría de las especies de mamíferos disponen de un cromosoma X y de otro cromosoma Y, mientras que las hembras disponen de dos cromosomas X. Así los machos son XY y las hembras XX.
Si los machos poseen un cromosoma diferente del de las hembras es por una buena razón: en ese cromosoma se encuentra un gen que es fundamental para el desarrollo de los testículos durante el crecimiento embrionario. Independientemente de los cromosomas heredados (XX o XY) los embriones son idénticos, en cuanto al desarrollo de sus glándulas sexuales (testículos y ovarios) se refiere, hasta un determinado punto de su crecimiento. Entonces se activa el funcionamiento de un gen del cromosoma Y, llamado Sry, que produce una proteína que induce el desarrollo de los testículos. Por consiguiente, en presencia de este gen el embrión se desarrollará como macho, y en su ausencia se desarrollará como hembra. Puesto que el gen está ausente del cromosoma X, los individuos que hayan heredado dos de estos cromosomas serán hembras.
La importancia del gen Sry para el desarrollo de la masculinidad ha sido muy bien documentada científicamente. Las personas que, por determinados defectos, han heredado más de un cromosoma X, pero también un cromosoma Y (y son XXY, XXXY, etc.), son hombres. También se han observado personas XX que, sin embargo, son igualmente hombres. El análisis de sus cromosomas indica que poseen un gen Sry que, por error, se ha alojado (translocado, como se dice en lenguaje científico) en uno de sus cromosomas X. De igual manera existen mujeres XY, o incluso XXY. Como ha podido adivinar, el análisis de sus cromosomas Y indica que no poseen un gen Sry que funcione adecuadamente.
Con estos conocimientos, en la década de los noventa, los científicos aprendieron a generar ratones cuyo sexo real era independiente de los cromosomas sexuales. Por ejemplo, mediante la eliminación del gen Sry del cromosoma Y, los científicos pueden generar hembras XY, que producen estrógenos. Al contrario, por la inclusión del gen Sry en un cromosoma X, se pueden generar machos XX que producen andrógenos.
Utilizando estos simpáticos, e invertidos, roedores, los científicos pudieron demostrar que, en parte, la conducta maternal no depende solo de las hormonas, sino también de los genes. Es decir, una hembra XY, sin el gen Sry, no se comporta igual que una hembra XX. Factores genéticos, y no solo hormonales, afectan pues al comportamiento maternal.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Yale, EE.UU., ha estudiado ahora si la adquisición y abandono de hábitos de comportamiento están también independientemente condicionados por genes y hormonas en machos y hembras. Para ello, los investigadores entrenaron a los ratones descritos más arriba a introducir su hocico a través de un orificio para obtener sabrosa piezas de alimento. Los animalillos pronto se habituaron así a comer de esta forma, a pesar de que disponían de otro alimento en sus jaulas. Entonces, algunos de los ratones fueron sometidos a un tratamiento de “rechazo condicionado”: tras comer a través del orificio se les inyectó una sustancia que les hacía sentirse enfermos. Normalmente, los animales aprenden rápidamente a evitar el alimento obtenido a través del orificio, ya que lo asocian al malestar que sienten a continuación, pero este aprendizaje se ve dificultado si los animales han adquirido un fuerte hábito para alimentarse de esa forma.
Pues bien, la dificultad para modificar el hábito adquirido se observó más frecuentemente en animales XX, aunque dispusieran de un gen Sry y fueran, por tanto, machos desde el punto de vista hormonal. Estos resultados han sido publicados en el último número de la revista Nature Neuroscience y demuestran que las diferencias sexuales en el desarrollo y modificación de hábitos están influidas por genes que no intervienen en la producción o la acción de las hormonas sexuales. Desgraciadamente, no sabemos aún de qué genes se trata, pero no me cabe duda de que pronto lo sabremos.
¿Qué importancia puede tener esto? Se sabe que las mujeres suelen adquirir hábitos más fácilmente que los hombres, lo cual les capacita para realizar un mayor número de tareas simultáneamente, una vez habituadas a ellas. Sin embargo, esta facilidad para adquirir hábitos tiene sus problemas ya que las mujeres también se habitúan más fácilmente al consumo de drogas que los hombres. El conocimiento de los genes que afectan este rasgo de conducta podrá quizá ayudar al desarrollo de fármacos que faciliten la deshabituación del consumo de estas sustancias, lo cual probablemente también nos ayudará a aumentar la igualdad, que no la identidad, entre hombres y mujeres.
