lunes 1 de octubre de 2007

Hacer el agosto en el invernadero


El próximo mes de diciembre el protocolo de Kyoto cumplirá diez años. Como es sabido, este protocolo es una enmienda al tratado internacional sobre cambio climático que introduce limitaciones en la emisión de gases de efecto invernadero, en particular a las emisiones de dióxido de carbono, CO2.
El protocolo de Kyoto distingue entre dos tipos de países: los “desarrollados”, y los “en desarrollo”, como viene siendo habitual. Según lo dispuesto en este protocolo los países desarrollados deberían disminuir sus niveles de emisión de CO2 hasta un 5% por debajo de los niveles de 1990. Sin embargo, los países en desarrollo no deben realizar un esfuerzo similar y no están obligados a disminuir sus emisiones de CO2.
No obstante, existen “mecanismos flexibles” para permitir a los países desarrollados la emisión de niveles de CO2 superiores a los autorizados. Por ejemplo, si un país en desarrollo decide poner en marcha programas para disminuir sus emisiones, puede “vender” esta disminución a un país desarrollado, que podrá así emitir más CO2 de lo que le correspondería.
Esta posibilidad ha abierto un mercado internacional de CO2, en el que los países más emisores pueden comprar a otros sus “derechos de emisión” (en este caso emisión no deportivo-televisiva, sino de gases) y en el que, incluso, las industrias que más reduzcan sus emisiones de CO2 pueden vender su déficit emisor a industrias más emisoras. Pero además, ha abierto un nuevo negocio potencial: la venta de “servicios de captura de CO2 atmosférico”, servicios que en principio, garantizan capturar y eliminar de la atmósfera el CO2 emitido en exceso por los países desarrollados.
Ya existe, al menos, una compañía privada que ofrece estos servicios: Planktos (http://www.planktos.com). Esta compañía basa sus servicios en controvertidos resultados científicos a escala casi planetaria, que pretendo explicarle a continuación.
Todos conocemos que las plantas verdes absorben CO2 de la atmósfera en el proceso de la fotosíntesis. Este proceso puede resumirse en que las plantas verdes incorporan el CO2 del aire, generan los compuestos orgánicos de la materia viva (azúcares, aminoácidos, grasas, etc.) y liberan oxígeno. La energía necesaria para este proceso la proporciona la luz del Sol, que es capturada por la clorofila de las hojas.
Pero no solo las plantas verdes pueden absorber el CO2 de la atmósfera para fabricar sus componentes. Microorganismos marinos, como el fitoplancton, también son capaces de llevar a cabo este proceso. De hecho se ha calculado que el fitoplancton absorbe tanto CO2 como el absorbido por todas las plantas terrestres. Aunque la mayoría de este CO2 vuelve a la atmósfera en tan solo una semana, cuando el fitoplancton muere, algunos estiman que hasta un 20% del mismo se hunde en el océano, atrapando así el CO2 absorbido en el mar.
Para llevar a cabo la fotosíntesis, las plantas necesitan hierro. El hierro es un elemento absolutamente preciso para que se lleven a cabo las reacciones químicas de oxidación y reducción que caracterizan tanto a la fotosíntesis, como a la respiración animal.
Pero el agua de la superficie de los océanos, donde el plancton vive y lleva a cabo la fotosíntesis, es muy pobre en hierro. La mayoría del hierro que llega a la superficie del mar se cree que es transportado por el viento desde los continentes. Por ejemplo, la mayoría del hierro que se encuentra en el océano Pacífico oriental proviene de la arena transportada por el viento desde los desiertos del Gobi y Taklimakan, de Asia Central.
Apoyándose en algunos estudios de la NASA, la compañía Planktos mantiene que la cantidad de hierro que alcanza el océano Pacífico ha disminuido en un 15%, debido a que el cambio climático ha afectado a la intensidad y frecuencia de los vientos y tormentas de arena que transportan el hierro hasta el océano. Como resultado, la absorción de CO2 ha disminuido. Este fenómeno no es aceptado por todos los científicos y sigue aún siendo sometido a análisis.
Sin embargo, estos datos, aunque controvertidos, han bastado para que la compañía Planktos pretenda llevar a cabo la fertilización con hierro de nada menos que diez mil kilómetros cuadrados de superficie oceánica, para conseguir así que el plancton crezca mucho mejor y absorba así hasta el 70% de las emisiones de CO2 mundiales, por año.
No hay duda de que, en efecto, la fertilización con hierro produce una explosión brutal en el crecimiento del fitoplancton. Se han llevado a cabo ya unas doce expediciones científicas a distintos lugares, en las que se ha fertilizado el océano con minerales de hierro. Todas han conducido a un crecimiento espectacular del fitoplancton en la zona fertilizada.
Lo que está en duda es que este crecimiento explosivo del fitoplancton sea realmente eficaz para capturar el CO2 e impedir su retorno a la atmósfera. De hecho, alguna de las expediciones científicas más fértiles en resultados ha demostrado también que menos del 10% del carbono absorbido por el fitoplancton se hunde a más de 120 metros de profundidad, lo que pone en duda la eficacia de este procedimiento para capturar CO2 en las profundidades marinas.
No obstante estas incertidumbres, la compañía Planktos está lista para vender sus servicios de captura de CO2 a quien desee comprarlos. Y esto a pesar de las protestas de grupos ecologistas y, esta vez, hasta del mismo gobierno de los Estados Unidos, que no ven con buenos ojos que se juegue con los ecosistemas marinos a escala planetaria.
En mi opinión, lo que sucede con esta compañía no es ni extraordinario ni excepcional. Otros productos, por ejemplo algunos medicamentos y productos de venta en farmacias, se han puesto en el mercado mundial sin estudios científicos independientes y adecuados para garantizar, al menos, que su eficacia sea proporcional a su precio de venta (es decir, que el producto se regale si no es eficaz, por ejemplo). Lo que pretende la compañía Planktos es un ejemplo más.
Aunque es posible que la manipulación del fitoplancton pueda ser, en efecto, útil para atrapar el exceso de CO2 emitido a la atmósfera por la actividad humana, esta nueva tecnología no debería ser usada sin estudios serios y en profundidad que la validen y estimen sus potenciales efectos secundarios. Pero el dinero y algunos intereses políticos mandan, y mucho… y mucho me temo que será de nuevo el dinero, y no la ciencia, el que determinará el empleo de estos métodos con fines lucrativos, vendiéndonos con ellos, además, la salvación del clima, y de la misma biosfera terrestre, eso sí, como muchas veces que se vende más vida, aquí o allá, sin evidencias suficientes.

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