lunes 15 de octubre de 2007

Premios IgNobel 2007



Como todos los años por estos días se otorgan los Premios Nóbel a grandes científicos por sus pasados descubrimientos. Pero los premios Nóbel no son los únicos que se otorgan por estas fechas. Desde hace diecisiete años se otorgan también, en una ceremonia que es tan humorística como la real lo es solemne, los premios IgNóbel (innobles, podríamos decir). Se trata aquí de premiar la investigación más extraña, divertida, o puramente inútil del año, aunque debe ser real, y no inventada (como a veces resulta ser la investigación supuestamente seria en el caso de fraudes científicos). La ciencia se ríe de sí misma en esta ceremonia IgNóbel, a la que también asisten premios Nóbel auténticos, quizá los más “marchosos” de la ciencia. Como repito a menudo, la ciencia puede resultar muy divertida y la ceremonia de los premios IgNóbel, organizada por la revista científico-humorística “Anales de Investigación Improbable” es un buen ejemplo de ello.

Si este año, como en los cuarenta y ocho anteriores, no hemos conseguido un premio Nóbel español, sí hemos logrado la hazaña de ganar un IgNóbel. El premio IgNóbel en lingüística lo ganaron Juan Manuel Toro, Josep Trobalon, y Núria Sebastián-Gallés, de la Universidad de Barcelona, por una investigación que demuestra que las ratas no pueden distinguir entre dos lenguajes (holandés y japonés) cuando son pronunciados hacia atrás, es decir, ciaha trasa. Le aseguro que es cierto y que su trabajo ha sido evaluado y publicado en una revista especializada.

Pero no menos asombrosos e hilarantes resultan los premios IgNóbel otorgados en otras categorías. Por ejemplo, el premio IgNóbel en nutrición fue otorgado a Brian Wansink de la Universidad de Cornell. Este investigador ha inventado un plato de sopa que se va rellenando solo, discretamente, a medida que el comensal va tomado cucharadas de sopa. El nivel de sopa del plato permanece, por tanto, constante. El investigador ha utilizado este “plato de la abundancia” para examinar cómo juzgamos que hemos comido lo suficiente, o demasiado. El estudio ha sido publicado en el Journal of Obesity Research, y no me dirá usted que no es ingenioso.

No se queda atrás por su estulticia el premio IgNóbel de medicina. Este año ha sido otorgado al radiólogo inglés Brian Witcombe y al fakir estadounidense Dan Meyer, por su trabajo conjunto en el que explican los efectos secundarios de tragar espadas en el circo y que, sorprendentemente, incluyen irritación de garganta y hemorragias intestinales. Sin duda, son efectos menos importantes que los de tragar carros y carretas, con los que estamos tan familiarizados en España.

El premio IgNóbel de física se otorgó a un trabajo conjunto entre Lakshminarayanan Mahadevan, de la universidad de Harvard, y Enrique Cerdá Villablanca, de la Universidad de Santiago de Chile, en el que se estudia el proceso por el que se arrugan las sábanas. No me pregunte usted si estos investigadores arrugaron las sábanas conjuntamente, o por el contrario estudiaron cómo las arrugan otras parejas. En todo caso, estamos seguros de que estos investigadores no se dormirán en los laureles, al menos con sábanas arrugadas.

El premio IgNóbel de biología de este año también tiene que ver con las sábanas. La investigadora holandesa Johanna van Bronswijk de la Universidad de Eindhoven describe en su trabajo la microfauna de ácaros y horrendos microbichos que sobre ellas habita, y que nos impide dormir solos, por mucho que nos empeñemos. A esta investigadora no se le han vuelto a pegar las sábanas, que se sepa.

No solo la ciencia tiene cabida en los premios IgNóbel. Como en el caso de sus hermanos más serios, también se otorga el premio IgNóbel de la paz. Este año ha correspondido a los Laboratorios Wright de la fuerza aérea estadounidense por su propuesta, realizada en 1994, de fabricar una “bomba hormonal” que convertiría en homosexuales a los soldados que se encontraran en su radio de acción, forzándoles, supuestamente, a hacer el amor y no la guerra. Le aseguro que esta propuesta es cierta, lo que indica el grado de locura de algún tipo de investigación militar, a la que se dedica en el mundo bastante más dinero que a la civil… y civilizada.

Y hablando de fuerza aérea, el premio IgNóbel de la aviación lo han ganado investigadores argentinos por un estudio en el que demuestran que el medicamento viagra ayuda a disminuir el desfase horario tras un viaje en avión. Al menos, eso consigue con los hamsters, animalitos que felizmente intervinieron en el estudio recibiendo gratuitas y abundantes dosis de este divertido medicamento. No se crea usted que el estudio carece de interés, al menos económico, ya que se ha publicado en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences estadounidense.

Pero quizá el premio IgNóbel con más sabor de este año sea el de Química. Lo ha ganado el japonés Mayu Yamamoto, del Centro Médico Internacional de Japón, por su descubrimiento sobre la extracción de vainillina, la esencia olorosa de la vainilla, a partir de ¡excrementos de vaca! La India ha mostrado particular interés, ya que si allí las vacas son sagradas, no así sus excrementos. El descubrimiento podría suponer importantes beneficios a la industria heladera india, que dispondría de materia prima abundante para fabricar helados de vainilla a precios literalmente por el suelo. Para demostrar que es factible, los organizadores de la ceremonia IgNóbel obsequiaron también a Yamamoto con un helado de vainilla fabricado de acuerdo a sus procedimientos. Yamamoto se lo comió gustoso y muy satisfecho de su trabajo. Por mi parte, si he de elegir algún premio como el mejor, sin duda me quedaría con este último, que demuestra que no todo es apestoso en los desechos que surgen por el recto de las vacas, y que hasta lo más negativo contiene en su interior algo positivo, que también nos tragamos cuando debemos hacerlo.

Con los premios IgNóbel, la Ciencia, la actividad humana que más ha conseguido hacer progresar a la humanidad, ha aprendido a reírse de sí misma. No puedo dejar de pensar, en el momento actual de la historia, y por esa circunstancia, que cuando la Religión aprenda a hacer lo mismo, el progreso de la humanidad podrá darse casi por terminado. Quizá ese paso comience a darse en el Instituto para Estudios “Científicos” de la Religión, (o algo similar a ese nombre, que de nuevo utiliza la palabra “científico” para dar prestigio a lo que no lo tiene) que el Cardenal Cañizares va a inaugurar. Si, en efecto, los estudios de la religión se atreven a ser realmente científicos, estoy seguro de que la humanidad acabará riéndose de sí misma y de lo que una vez llegó a creer cierto.

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