
Una tendencia muy natural de la especie humana es que cuánto más naturales nos parecen las cosas, menos nos preguntamos por qué son así. ¿Y hay algo más natural que rascarse cuando nos pica?
Así que, como me ha sucedido hasta hace poco, es muy probable que no se haya usted preguntado nunca por qué se rasca, y es también muy probable que tampoco se haya preguntado por qué algo pica, en lugar de, por ejemplo, doler o quemar. ¿Por qué sentimos esa sensación punzante que invita a deslizar rabiosamente las uñas por nuestra piel? Espero que esta pregunta pique su curiosidad. Yo, por mi parte, intentaré rascársela a base de ciencia.
El picor es una sensación que, como todas, tiene su razón de ser biológica y su valor de supervivencia. Si nos rascamos es porque de esta manera eliminamos a presuntos parásitos que atacan nuestra piel. Y si algo pica es porque a lo largo de la evolución, nuestro cuerpo, como el de muchos otros animales, ha aprendido a identificar los ataques de diversos parásitos de esa manera.
Antes de que apareciera la “era del picor” en la evolución de las especies, en la que nos encontramos ahora inmersos de lleno, los animales primitivos no se rascaban porque no sentían picor. Los parásitos atacaban a esos pobres animales sin piedad y sin problemas. La vida era, además, aburrida porque nadie podía jugar a esos juegos de “rasca y gana”.
Pero en algún momento de la evolución, alguno de nuestros ancestros sufrió una mutación en un gen que le permitió comenzar a detectar, siquiera vagamente, el ataque de algunos parásitos y, al detectarlos mediante una sensación de picor primitivo, a defenderse de ellos. Esto supuso el comienzo de la “era del picor” que, como digo, quizá no fue al principio un picor tan claro y sofisticado como el que podemos sentir hoy en algunas partes de nuestros cuerpos (no todas, por cierto, pican igual), como tampoco lo fueron el sentido de la vista o del oído primitivos, pero que, poco a poco, fue involucrando más genes, evolucionando y refinándose, proporcionando así una ventaja a los animales capaces de sentirlo y de actuar sobre él, rascándose con uñas o con dientes.
Algo similar podemos decir de la sensación de dolor, que también tiene sus matices y no duele igual pillarse un dedo con la puerta que golpearse la nariz con la misma maldita puerta. La sensación de dolor también tiene un importante valor de supervivencia, ya que sentirlo permite evitar lo que puede hacernos daño o amenazar nuestra integridad física. Esto, a su vez, aumenta las posibilidades de reproducirnos y de transmitir nuestros genes a la siguiente generación.
La investigación sobre los genes involucrados en la sensación de dolor ha sido bastante más intensa que la investigación sobre el picor. La razón es que conocer los mecanismos del dolor podría permitir desarrollar nuevos fármacos analgésicos o anestésicos, de una evidente importancia médica. Además no podemos eliminar el dolor rascándonos, lo que en general, y salvo condiciones patológicas extremas, sí podemos hacer con el picor. Si te pica, te rascas, suele decirse, pero si te duele, ajo y agua, a menos que te tomes una aspirina u otro analgésico.
Sin embargo, como tantas veces en ciencia, buscas una cosa, pero encuentras otra. Investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, en la ciudad de San Luis, estado de Missouri, USA, por distintas razones largas de explicar, se encontraban estudiando el gen GRPR (gastrin releasing peptide receptor, o receptor para el péptido liberador de gastrina) por su posible implicación en el dolor. Es éste un gen productor de una proteína en la membrana de algunas neuronas que es la receptora de una pequeña hormona, la GRP. Esta hormona, producida por el nervio vago, estimula la secreción de gastrina, otra hormona que juega un importante papel en la digestión.
Ciertos estudios sugerían que, además de su papel regulador de la digestión, el GRPR podía tener que ver con la sensación de dolor. Quizá porque primitivamente, el hambre y el dolor pudieran estar relacionados, ser sensaciones primitivas similares, ya que ambas representan estados que amenazan la supervivencia. De hecho, aún hoy si tenemos hambre puede dolernos el estómago.
No obstante, los estudios subsecuentes con ratones desprovistos del gen GRPR demostraron que este gen no tenía que ver con el dolor. Estos ratones respondían con normalidad a diversos estímulos dolorosos, incluyendo un excesivo calor, la inflamación o una excesiva presión mecánica (los vulgares pellizcos).
Mientras los científicos se rascaban la cabeza preguntándose qué pasaba, alguien se dio cuenta de que esos ratones desprovistos del gen GRPR se rascaban muy poco. ¿Y si este gen tuviera que ver con la sensación, no de dolor, sino de picor?
Para comprobarlo, los investigadores inyectaron a esos ratones diversas sustancias que pican endemoniadamente. Una de ellas fue la misma histamina, producida por algunas de nuestras células inmunes en respuesta a las picaduras o a las sustancias que generan alergia, y blanco de acción de los famosos antihistamínicos, uno de los fármacos más populares del verano.
Y bien, los ratones sin el gen GRPR no se rascaban ni la mitad de la mitad de lo que se rascaban los ratones normales inyectados con la misma dosis de sustancias picajosas. Además, cuando a estos ratones normales se les inyectaba GRP, la hormona que se une a la proteína GRPR, que estos ratones normales sí poseen, los ratones se rascaban mucho más de lo normal, casi por cualquier cosa. Los investigadores publican estos interesantes resultados en la revista Nature.
Aunque los investigadores no encontraron lo que buscaban, un gen que intervenía en el dolor, sí encontraron uno que interviene en el picor, lo cual puede ser también muy útil para desarrollar fármacos que impidan el picor excesivo y el picor crónico, que debe ser peor que la peor de las torturas para quien lo sufre.
Una vez más, un descubrimiento inesperado abre nuevas puertas tanto al desarrollo de tratamientos para condiciones patológicas crónica como para la comprensión de los mecanismos que hacen funcionar nuestros maravillosos cuerpos, los cuales aumentan su nivel de maravilla y su capacidad de maravillarnos cuánto más y mejor los conocemos.

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