lunes 20 de enero de 2003

La biología del ser o no ser



Mucho se habla en los medios de comunicación de la mortalidad por accidentes de tráfico. Pocos saben que la mortalidad causada por esta razón en nuestro país es comparable a la mortalidad causada por quienes voluntariamente deciden quitarse la vida. Y eso que en España la tasa de suicidio no es de las más altas. Los países de la Europa del este y la antigua Unión Soviética se llevan la palma, con tasas de suicidio de hasta cinco veces la nuestra. Vivir en países más ricos que el nuestro no parece proteger tampoco del suicidio, ya que Suecia, Suiza o Estados Unidos muestran tasas de suicidios muy superiores a la nuestra. Por esta razón, el suicidio puede considerarse como una epidemia mundial de salud pública, ignorada en casi todos los países.
¿Quitarse la vida voluntariamente? ¿Es el suicidio una acción voluntaria tomada tras numerosos días, meses o años de reflexión sobre el sentido de la vida y sobre uno mismo, o es, por el contrario, más el resultado de problemas biológicos que de problemas psicológicos, filosóficos o existenciales? Algunos investigadores han dedicado bastantes esfuerzos a identificar si existen causas biológicas del suicidio, factores biológicos que predispongan a él. Veamos brevemente lo que han encontrado.
Investigadores del Instituto Psiquiátrico de Nueva York han conseguido una colección de unos doscientos cerebros extraídos de víctimas/verdugo, muertos por suicidio. Estos cerebros han sido estudiados para identificar diferencias neuroanatómicas, químicas o genéticas con cerebros de individuos muertos por otras causas. Los investigadores se concentraron en estudiar la región cerebral llamada cortex prefrontal, que es la parte de la corteza cerebral protegida tras el hueso de la frente. Se sabe, por otros estudios, que esta región cerebral está involucrada en el control de los impulsos, en el control, por ejemplo, de no decirle al jefe lo que pensamos de él tras recibir una reprimenda suya, y también en el control de los impulsos peligrosos para nuestra integridad. La hipótesis que se contempla en este caso es que algunas, si no todas, las víctimas de suicidio lo son por una falta de control, por un repentino impulso de acabar con la vida de uno, más que como resultado de un proceso reflexivo lógico.
Parece bien establecido que existe una correlación entre suicidio y depresión. Es también conocido que ciertos neurotransmisores, moléculas necesarias para la comunicación de unas neuronas con otras, juegan un papel importante en el desarrollo de la depresión. Uno de estos neurotransmisores es la serotonina, y de hecho, los antidepresivos actúan incrementando los niveles cerebrales de esta molécula. Es como si una mejor comunicación entre ciertas de nuestras neuronas tuviera que ver más con la felicidad que ganar el pleno al quince.
La serotonina es un neurotransmisor también involucrado en el control de la impulsividad, y parece poseer un efecto calmante. Los resultados de los estudios mencionados arriba indican que los cerebros de las víctimas del suicidio presentan una disminución del número de neuronas de la región prefontal, que además también tienen disminuida la capacidad para comunicarse entre sí mediante la serotonina. De hecho, se ha encontrado una disminución de la cantidad de esa molécula junto con un aumento de las moléculas que sirven de receptores para la misma. Es como si las neuronas de esa región cerebral, al detectar una caída de la serotonina, aumentaran los niveles de sus receptores, de las moléculas encargadas de captarla, en un intento fútil de aprovechar toda la serotonina disponible.
Además de estudiar los cerebros de las víctimas mortales de suicidio, es también interesante estudiar los cerebros de quienes han sobrevivido a un intento de suicidio y compararlos con los de individuos normales. Para ello, se emplean técnicas de captación de imágenes del cerebro en funcionamiento, como la Tomografía de Emisión de Positrones, que pueden revelarnos la actividad in vivo de las neuronas que responden a la serotonina. Los resultados de un estudio reciente de los cerebros de estos escapados de la autodestrucción son muy interesantes, porque indican que los cerebros de quienes han intentado suicidarse utilizando los medios más peligrosos, como por ejemplo lanzándose al vacío desde el punto más alto posible, son los que menos actividad relacionada con la serotonina presentan. Estos resultados indican de nuevo que un fallo en el sistema neuronal reactivo al neurotransmisor serotonina predispone al suicidio.
Esto no quiere decir, sin embargo, que sean sólo fallos en el sistema de la serotonina los responsables de la predisposición al suicidio. Se sospecha que existen variantes de genes que pueden también predisponer a él. Así, estudios con hermanos gemelos, genéticamente idénticos, indican que si uno de ellos se suicida, la probabilidad de que el otro lo haga es de un 13%, es decir, cien suicidios de uno de los hermanos gemelos resulta en trece suicidios del otro hermano, mientras que la probabilidad de que se suicide un hermano no gemelo de otro que se ha suicidado es sólo del 0,7%. Igualmente, los hijos de quienes han intentado suicidarse tienen una probabilidad seis veces mayor de suicidarse que los hijos de quienes no lo han intentado nunca. Esto sugiere que la predisposición al suicidio tiene una componente genética. A estas alturas de la ciencia, nada de esto debería sorprendernos demasiado.
Sin duda lo que nos sucede en la vida diaria tiene también su importancia en que uno decida o no suicidarse finalmente, y no sería de extrañar que quien esté apunto de suicidarse cambie de opinión al enterarse de que le ha tocado la lotería. El escritor y filósofo Albert Camus decía en su obra el mito de Sísifo, que la cuestión filosófica más importante es la de si la vida merece o no la pena de ser vivida; el resto de las cuestiones filosóficas vienen después. Sin embargo, los datos científicos parecen indicar que la resolución de la cuestión filosófica más importante para Camus, y quizá para todos, depende en gran medida de los genes que hayamos recibido de nuestros padres biológicos y del buen equilibrio de algunos de nuestros neurotrasmisores. No somos nada, ni siquiera cuando pretendemos decidir si queremos ser o no ser. Si Shakespeare levantara la cabeza. . .

2 comentarios:

Jorge D. Laborda dijo...

Si los genes nos contolan tanto como para poder decidir si nosotros mismos nos suicidamos o no, ¿porque no lo iba a hacer en muchos otros aspectos?, como en la comida favorita que tiene cada uno o incluso en nuestra personalidad (como ya mencionaste en otro artículo suyo) Mi pregunta es: ¿Somos libres o es una simple ilusión creada por nuestros genes?

Jorge Laborda dijo...

Yo creo que no somos libres, si entendemos la libertad como la capacidad de decidir algo independientemente de todo lo demás.
Estoy de acuerdo con tus sospechas de que los genes nos influyen en más aspectos, como la personalidad de cada uno, lo que nos gusta, lo que podemos o no hacer, nuestras capacidades, nuestra inteligencia. Todo lo que somos está influido por los genes, aunque no completamente determinado por ellos. La educación y el ambiente en el que vivimos también tiene mucho qué ver. El problema es que tampoco elegimos ni controlamos ese ambiente, como no hemos elegido los genes que tenemos. Así pues, nuestra libertad es, en realidad, una ilusión.

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